La lógica política detrás de esta idea es clara. Un aumento de la producción venezolana podría aliviar restricciones de oferta, presionar los precios del petróleo a la baja y contribuir a los objetivos económicos internos de Estados Unidos, especialmente de cara a las elecciones intermedias previstas para noviembre de 2026. Sin embargo, esta aproximación descansa sobre una lectura incompleta —cuando no errónea— de la realidad venezolana.
El principal obstáculo para la recuperación del sector petrolero no es la falta de reservas, ni siquiera la disponibilidad de capital. El verdadero límite es la ausencia de legitimidad política. Sin un gobierno democráticamente electo y reconocido, resulta poco realista esperar una participación significativa del capital privado internacional.
Se ha mencionado la existencia de compromisos iniciales cercanos a los 2,000 millones de dólares para comenzar la rehabilitación de operaciones petroleras existentes.
Considerada en abstracto, la cifra puede parecer relevante. En contexto, pone en evidencia la magnitud del colapso.
Tras más de dos décadas de mala gestión, politización extrema y corrupción sistémica, la infraestructura petrolera venezolana se encuentra profundamente deteriorada, su capital humano ha sido en gran parte expulsado y la empresa estatal ha perdido capacidades operativas básicas. La reconstrucción del sector requerirá inversiones sustancialmente mayores, tanto en infraestructura como en gobernanza.
Pero el problema central no es únicamente financiero. texto
Las decisiones de inversión en el sector energético están guiadas por evaluaciones de riesgo, no por consideraciones políticas coyunturales. En Venezuela, la inseguridad jurídica sigue siendo elevada: los derechos de propiedad son frágiles, la ejecución de contratos es incierta y el sistema judicial carece de independencia.
A ello se suman vínculos ampliamente documentados entre las estructuras de poder vigentes, economías ilícitas y violaciones sistemáticas de derechos humanos. En este entorno, el país queda fuera del umbral de riesgo aceptable para la mayoría de los inversionistas institucionales.
El factor tiempo acentúa estas limitaciones. Los proyectos petroleros requieren, como mínimo, tres años para comenzar a generar resultados operativos significativos. La administración Trump enfrenta un horizonte político acotado y una presión creciente por mostrar resultados antes del final del mandato. Esta asimetría entre los plazos de la política electoral y los tiempos propios de las inversiones de capital intensivo introduce una tensión difícil de resolver.
Para que cualquier empresa considere siquiera iniciar procesos de debida diligencia, sería indispensable que el marco de inversión incorpore de manera explícita una transición política creíble. Esto implica una hoja de ruta clara hacia elecciones libres, el establecimiento de un gobierno legítimamente reconocido y una ruptura verificable con las estructuras del régimen anterior. Sin estos elementos, las conversaciones sobre inversión seguirán siendo, en el mejor de los casos, exploratorias.
Existe además una dimensión de mercado que complica aún más el escenario. Un incremento rápido de la producción venezolana ejercerá presión a la baja sobre los precios internacionales del petróleo, afectando a productores que hoy operan cerca de su punto de equilibrio, incluidos algunos en Estados Unidos. Esta realidad explica la cautela —cuando no la reticencia— de varias empresas internacionales ante un escenario que podría erosionar sus márgenes globales.
Todo ello sugiere que el desafío venezolano no puede gestionarse a distancia ni resolverse exclusivamente desde la política energética. Pensar que es posible reactivar el petróleo venezolano sin resolver previamente su crisis política es una ilusión. No solo porque ignora la lógica de los mercados, sino porque perpetúa la idea de que la economía puede desvincularse de la legitimidad institucional.
La conclusión es directa: la democracia no es un complemento del plan petrolero venezolano, es su condición previa. Sin legitimidad política no habrá certidumbre jurídica. Sin certidumbre, no habrá inversión. Y sin inversión, la recuperación del sector energético seguirá siendo una promesa lejana. Antes que capital y taladros, Venezuela necesita instituciones legítimas. Todo lo demás es, como mínimo, prematuro.
*Managing Director de Iskali Capital Group (ICG), banca de inversión con base en Washington, DC. Asesora a desarrolladores y empresas en la estructuración y obtención de financiamiento —deuda y capital— para proyectos de escala institucional, particularmente en Real Estate e infraestructura, así como en otros sectores estratégicos en México y mercados emergentes, conectándolos con fuentes de capital global.
gespana@iskalicapital.com
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