Visitando Romita

Como muchos, considero que la gentrificación contribuye al desarrollo urbano y económico zonal, a disminuir la pobreza y la violencia, y mejorar las condiciones de vida. Responde a la lógica del mercado de que los precios de la vivienda reaccionan a las variaciones de la oferta y la demanda que reflejan cambios en las preferencias de los consumidores y en las tendencias demográficas. Los críticos señalan que la gentrificación causa desplazamientos de ciertos grupos hacia guetos periféricos.
Por Federico Rubli Kaiser
Pero ello debe ser atendido corrigiendo las restricciones regulatorias y de uso de suelo, combatir la corrupción, y establecer mejores políticas de remodelación y restauración de inmuebles con valor histórico. Esas deficiencias no se vinculan directamente con la gentrificación, sino que son reacciones a incentivos perversos de una mala regulación que impacta negativamente a la oferta de vivienda para todos los estratos. Por ello, son los incentivos los que hay que corregir.

Señalo un ejemplo ilustrativo. La colonia Roma nació en 1903 cuando se fraccionó un gran terreno para construir mansiones para la clase alta porfiriana. Un antiguo pueblo prehispánico (Aztacalco) quedó incluido en la colonia, pero nunca se asimiló a ella. Se rebautizó como Romita, un pequeño barrio delimitado por el perímetro de la avenida Cuauhtémoc, y las calles de Durango, Morelia y Puebla. Consiste en una plaza con una pequeña capilla, viviendas y algunos callejones. Quedó inserto como un enclave en la colonia y sus habitantes siempre se resistieron a la modernización y reurbanización. Con ello Romita se fue rezagando social y económicamente mientras la colonia Roma se desarrollaba en una zona residencial de clase media/alta.

Fue en los años cuarenta y cincuenta que las rentas congeladas y la infraestructura obsoleta agudizaron el declive de Romita. Como barrio marginado, Buñuel filmó ahí escenas de Los olvidados. Ya en los sesenta, era considerada un territorio peligroso, habitado por gente pobre, vagos, alcohólicos, pandillas y ladrones que encontraron en Romita un asentamiento fácil de invadir y un escondite difícil de penetrar. Mi niñez y adolescencia transcurrieron en la colonia Roma, a una cuadra de Romita. De niños, mi madre nos advertía de no caminar cerca de Romita a cualquier hora. Pero el morbo infantil hacía que con mis amigos nos acercáramos y cuando los teporochos nos hostigaban salíamos corriendo del susto. Al lado, en la plaza Guaymas y Morelia, se encontraban las oficinas de la Dirección Federal de Seguridad. Seguramente el contubernio de judiciales con maleantes hacía que Romita fuera un lugar “seguro” para proteger criminales.

Con el terremoto del 85 prácticamente toda la colonia decayó, dándose un éxodo importante (la casa de mi familia se perdió). Numerosas viviendas no pudieron ser rehabilitadas y muchas en ruinas fueron invadidas por gente pobre, contribuyendo al mayor deterioro. Pero iniciados los años noventa, se da un paulatino proceso de gentrificación que incluyó a Romita, y la colonia se rehabilitó como un barrio bohemio, con condominios, restaurantes, tiendas y una población joven. Hace poco visité Romita: luce limpia y funcional, con un par de edificios de departamentos, varios comercios y unas fondas con comida típica. Es común que turistas la visiten. Este pequeño ejemplo muestra los beneficios que puede traer la gentrificación. Ver nota original
*Economista egresado del ITAM. Cuenta con Maestría y estudios de doctorado en teoría y política monetaria, y finanzas y comercio internacionales. Columnista de El Economista. Ha sido asesor de la Junta de Gobierno del Banxico, Director de Vinculación Institucional, Director de Relaciones Externas y Coordinador de la Oficina del Gobernador, Gerente de Relaciones Externas, Gerente de Análisis Macrofinanciero, Subgerente de Análisis Macroeconómico, Subgerente de Economía Internacional y Analista.
federico@rubli.net
Esta nota se publicó originalmente el 15 de julio en el periódico El Economista.
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan la opinión del IMEF.

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