Tenencias de extranjeros: México sigue en el menú, pero ya no es el plato principal

A pesar de episodios de volatilidad global y dudas sobre el marco institucional, el peso está fuerte, la inflación está bajo control y el país “atrae capital”. Además, hay quien asegura que nuestros fundamentales siguen siendo sólidos… pero también hay otra lectura.
Por Delia Paredes Mier
En México nos encanta presumir resiliencia. A pesar de episodios de volatilidad global y dudas sobre el marco institucional, el peso está fuerte, la inflación está bajo control y el país “atrae capital”. Además, hay quien asegura que nuestros fundamentales siguen siendo sólidos, sobre todo si nos comparamos con economías que enfrentan déficits gigantes, elecciones polarizadas o bancos centrales aún a la defensiva.

Pero también hay otra lectura: cada vez aparecen más señales de que el “lugar seguro” que México había construido en el imaginario financiero global podría estar cambiando de categoría.

Del lado real de la economía, la inversión fija bruta lleva meses perdiendo fuerza. La inversión extranjera directa se sostiene en términos de monto, pero cada vez más apoyada en reinversión de utilidades y menos en nuevos proyectos.

La segunda señal viene de los mercados financieros. En los últimos años, los extranjeros han reducido su exposición a la deuda pública mexicana. No es un tema menor. Más allá del titular “se están yendo”, lo que importa es lo que eso implica para la liquidez del mercado, el costo del financiamiento y la capacidad del país para navegar ciclos adversos sin sobresaltos.

En un mercado de deuda, la liquidez es como el oxígeno: no se nota hasta que falta. Contar con inversionistas extranjeros profundiza el mercado, reduce los diferenciales, mejora la formación de precios y hace más eficiente la transmisión monetaria. Cuando entran, ayudan; cuando salen, desestabilizan. Sin embargo, su ausencia sostenida también tiene costos: mercados más cerrados tienden a ser menos líquidos y más sensibles a choques.

Durante más de una década México fue alumno modelo. Bonos atractivos en términos reales, banco central creíble, tipo de cambio flexible, prudencia fiscal. Llegamos a tener hasta 60% de la deuda pública local en manos de extranjeros. Después vino la pandemia y todo empezó a moverse. Entre 2020 y 2024, salieron más de 734 mil millones de pesos. En 2025 hemos visto entradas modestas, pero no suficientes para revertir las salidas de los años anteriores.

Hoy la participación de extranjeros ronda el 12 por ciento. En monto, la tenencia se ha mantenido relativamente estable en torno a los 1.7mmp, mientras que el saldo total de la deuda ha venido incrementándose de acuerdo con las necesidades de financiamiento.

¿Por qué se dio este ajuste? Claro que el entorno internacional cuenta. La Reserva Federal pasó de tasas cero a niveles de 5.5% a finales de 2023. Eso reacomodó portafolios globales y provocó salidas de mercados emergentes. Hasta ahí, nada personal con México.

Pero algo más llama la atención. México recuperó rápidamente un amplio diferencial de tasas frente a Estados Unidos, casi 600 puntos base. Es decir, el “premio” para invertir aquí volvió. Pero el flujo no lo hizo. Esto nos podría estar diciendo que no es solo un tema de tasas, es un tema de disposición a asumir riesgo soberano de largo plazo.

Ahora bien, vale hacer una precisión técnica. La participación de extranjeros cayó, aunque el monto nominal en pesos se mantuvo relativamente estable. ¿Qué nos dice eso? Que no estamos frente a una salida en estampida, sino frente a algo más sutil: el gobierno emitió más deuda para financiar un déficit mayor y los extranjeros simplemente no compraron la nueva oferta. No se fueron del todo; dejaron de entrar.

Esto tampoco significa que México dejó de ser atractivo. Más bien, los inversionistas parecen preferir una postura táctica: se quedan vía derivados y posiciones cambiarias para capturar el carry, sin comprometerse con la curva de largo plazo. El peso fuerte convive así con menor apetito por bonos largos. Una combinación que, en apariencia, funciona, hasta que deje de hacerlo.

La absorción local ha sido relevante, particularmente vía Afores y aseguradoras, aunque esos inversionistas operan bajo límites regulatorios de duración y métricas de riesgo que no permiten sustituir indefinidamente al capital extranjero. Su presencia estabiliza, pero no sustituye el rol de los inversionistas globales.

Mientras tanto, en la mesa global otros países han reforzado credenciales fiscales o institucionales justo cuando en México crecen las dudas sobre certidumbre jurídica, reglas del juego y rumbo fiscal. El capital compara, pondera y decide.

¿Significa esto que viene un problema? Definitivamente no. México mantiene el acceso, demanda y estabilidad financiera. Las subastas están bien demandadas sin dislocaciones y la política monetaria sigue siendo creíble. Pero también sería ingenuo asumir que la estabilidad actual está garantizada o que el apetito por riesgo mexicano de largo plazo es permanente. Los mercados no castigan a la primera señal, pero tampoco ignoran cuando los riesgos pasan de ser ruidos temporales, a convertirse en dudas de fondo.

Hoy, el peso y los mercados financieros lucen tranquilos. Pero bajo esa superficie hay una historia más matizada: México sigue siendo parte del menú, aunque ya no parece ser el plato fuerte. Cuando un país pasa de ser elección estructural a apuesta táctica, conviene prestarle atención al mensaje, no solo al precio.
Durante más de una década México fue alumno modelo. Bonos atractivos en términos reales, banco central creíble, tipo de cambio flexible, prudencia fiscal.. Después vino la pandemia y todo empezó a moverse.
No estamos frente a una salida en estampida, sino frente a algo más sutil: el gobierno emitió más deuda para financiar un déficit mayor y los extranjeros simplemente no compraron la nueva oferta. No se fueron del todo; dejaron de entrar.
*Analista económico y socia en TransEconomics, firma especializada en la gestión de activos alternativos y asesoría patrimonial.
X: @deliyo

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