Un alto al fuego arancelario en una guerra de largo plazo

La relación comercial entre EE. UU. y China ha entrado en una nueva etapa que más que un punto de inflexión parece tratarse de una tregua estratégica. Tras meses de escalada arancelaria con tarifas que alcanzaron niveles sin precedentes: 145% para productos chinos en EE.UU. y 125% para bienes estadounidenses en China, ambas potencias acordaron una pausa de 90 días. Los aranceles disminuyeron, pero siguen siendo elevados. Los mercados, sensibles al menor signo de distensión, reaccionaron positivamente, aunque no sin reservas.
Por Delia Paredes Mier
Este episodio no es un hecho aislado, sino parte de una narrativa más amplia: la disputa estratégica por la hegemonía global entre Estados Unidos (EE. UU.) y China. Más allá de los aranceles o las rondas de negociación, lo que está en juego es la reconfiguración del orden económico y tecnológico internacional. EE.UU. busca contener el ascenso de una potencia que desafía su liderazgo en múltiples frentes: comercio, innovación, geopolítica, mientras que China avanza con una visión propia de modernización y autonomía. Esta rivalidad estructural seguirá marcando la agenda global en los próximos años, y lo que hoy se presenta como un desacuerdo comercial es, en realidad, una manifestación más de un conflicto sistémico que trasciende lo económico.

Por ello, cabe entonces asumir que este acuerdo no es el fin del conflicto, sino una pausa táctica dentro de una lógica de presión constante liderada por el presidente Trump. Su estilo negociador no es errático, como a veces se retrata, sino más bien meticulosamente diseñado: iniciar con demandas desproporcionadas, escalar la tensión, generar incertidumbre y luego retroceder estratégicamente para capitalizar un acuerdo como si fuera una gran victoria. No es casualidad, es patrón.

Según el analista geopolítico Marko Papic (@Geo_papic), Trump sigue un proceso de siete etapas para ejercer la máxima presión. Primero inicia pidiendo lo imposible: el control del comercio de fentanilo, el freno a la migración, la reestructuración de la estructura de comercio global. Luego amenaza: aranceles a todas las importaciones. Le sigue el golpe en la mesa, con anuncios inesperados y medidas inmediatas que generan caos en los mercados y confusión entre sus aliados. Después, el giro dramático: hace una llamada, elogia a Xi Jinping, habla de amistad y se muestra dispuesto a negociar. Finalmente, anuncia la posibilidad de un acuerdo, como al que se llegó recientemente, que se vende como histórico, pero que solo tiene la intención de permitirle sostener una narrativa de fortaleza y generar una ilusión de control.

Este mismo esquema se reprodujo con el Reino Unido. Primero, la amenaza de aranceles por supuestas prácticas desleales; después, un “miniacuerdo” que eliminó algunas barreras específicas. El gesto fue bien recibido por los mercados y celebrado por Trump como prueba de su capacidad para “arreglar los peores acuerdos jamás firmados”. Pero más que logros estructurales, son concesiones tácticas que dejan la puerta abierta a nuevas presiones cuando

Desde una perspectiva económica, esta estrategia tiene un alto costo. Los acuerdos son temporales por diseño: permiten mantener la tensión viva, como un recurso de negociación constante. Sin embargo, su efecto acumulativo sobre la economía, incluso la estadounidense, es cada vez más evidente. La volatilidad genera incertidumbre en las cadenas de suministro globales y deteriora la confianza empresarial.

TRES FACTORES QUE MODERAN EL MARGEN DE ACCIÓN DE TRUMP
1. Los mercados empiezan a impacientarse

El S&P 500 ha caído 2.5% desde su pico en febrero. Aunque la baja no es alarmante en términos absolutos, el mensaje es claro: el apetito por la volatilidad arancelaria está agotándose. Las empresas enfrentan costos más altos y una planificación cada vez más compleja. Los consumidores comienzan a pagar los efectos en precios. texto Las tasas de largo plazo, como el Treasury a 10 años, han superado nuevamente el 4.5%, reflejando una percepción de riesgo más persistente.

El impacto tampoco se limita a China. México y Canadá, socios clave bajo el TMEC, también han sufrido embates arancelarios. Aunque algunas medidas fueron suspendidas por 90 días, el daño reputacional y la erosión de confianza ya estaban hechos. Estos movimientos generan un doble golpe: encarecen insumos (choque de oferta) y enfrían la demanda global al minar la confianza. Como resultado las previsiones de crecimiento para este año y el que sigue se han revisado a la baja.

2. El desgaste dentro del propio partido de Trump
Si bien Trump mantiene una base fiel, dentro del Partido Republicano comienzan a escucharse voces críticas. Legisladores preocupados por el impacto económico y el deterioro fiscal advierten que la estrategia comercial podría pasarles factura en la elección intermedia de 2027. Con una Cámara de Representantes probablemente dividida y un Senado en juego (22 de los 35 escaños a renovar están en manos republicanas), el margen de maniobra se estrecha. El apoyo interno no es incondicional, y cada vez hay más incentivos para marcar distancia.

3. El nivel de popularidad tiene un límite
Trump entró a la presidencia con niveles de aprobación por encima del 50%. Sin embargo, sus niveles de aprobación no han hecho más que bajar desde entonces, hasta un mínimo de 45.1% a finales de abril, para luego remontar hasta los niveles actuales del 46.5%, tras la reducción de las tensiones con China.

Trump conserva todavía un margen político considerable. Pero no es un cheque en blanco. Si las tensiones comerciales escalan nuevamente y provocan un aumento sostenido de la inflación, pérdida de empleos o desabasto de bienes clave, como ya ocurrió con algunos productos electrónicos y autopartes, su apoyo podría verse afectado. El electorado estadounidense ha tolerado los vaivenes de Trump mientras la economía funcionaba. Pero ese contrato implícito podría romperse si los costos se vuelven tangibles en el bolsillo del votante promedio.

MIENTRAS TANTO, EN CHINA…
Para China, esta tregua representa un respiro. Las exportaciones a EE.UU. cayeron 21% interanual tras la última oleada de aranceles, y el desempleo industrial es una preocupación creciente. Pero hay una lectura estratégica más profunda: China ha comprobado que EE.UU. tiene dificultades para sostener sanciones económicas prolongadas. Esta observación puede alimentar percepciones de vulnerabilidad en Occidente, algo especialmente relevante si se considera un escenario hipotético de confrontación por Taiwán.

Paradójicamente, el alivio puede retrasar reformas clave. El exceso de capacidad industrial, la deuda de los gobiernos locales y la debilidad del consumo interno siguen siendo retos estructurales. Xi Jinping lo presenta como una victoria. Pero una victoria mal administrada puede convertirse en una oportunidad perdida.

¿EL FIN DE LA ERA DE COOPERACIÓN?
El verdadero desafío será definir cómo se reconfigura el orden económico global en un contexto de rivalidad estructural entre EE. UU. y China. Más allá de los acuerdos temporales, lo que está en juego es si el mundo avanza hacia una mayor fragmentación con bloques comerciales enfrentados, estándares tecnológicos incompatibles y cadenas de suministro paralelas, o si aún hay espacio para una arquitectura internacional más cooperativa. En este escenario, los países intermedios deberán actuar con inteligencia estratégica para evitar quedar atrapados en una lógica de confrontación ajena, desarrollando políticas flexibles que les permitan adaptarse, negociar con autonomía y aprovechar las oportunidades de un mundo en transición.
Desde una perspectiva económica, esta estrategia tiene un alto costo. Los acuerdos son temporales por diseño: permiten mantener la tensión viva, como un recurso de negociación constante. Sin embargo, su efecto acumulativo sobre la economía, incluso la estadounidense, es cada vez más evidente.
*Analista económico y socia en TransEconomics, firma especializada en la gestión de activos alternativos y asesoría patrimonial.
X: @deliyo
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