Contra el descontento

Los malestares sociales que se han ido acumulando durante décadas están cristalizando en un descontento profundo que pone en cuestión los propios fundamentos de la convivencia democrática, la confianza en las instituciones y la idea de futuro. En este contexto, la pregunta se impone: ¿qué podemos hacer?

Sobre el libro

Contra el descontento
Autor: Cristina Monge
Editorial: Paidós

Datos del autor

Cristina Monge es politóloga y socióloga, doctorada por la Universidad de Zaragoza y especializada en sostenibilidad, calidad democrática y gobernanza de la transición ecológica. Investiga y asesora a instituciones vinculadas a la innovación democrática y ambiental. Es docente en la Universidad Complutense de Madrid. Desde 2020 preside la asociación Más Democracia y es analista política habitual en medios como infoLibre, El País, Cadena SER y RTVE.
En Contra el descontento , Cristina Monge ofrece una lectura crítica y, al final, esperanzadora de este malestar colectivo. Con un tono claro, y sin renunciar a la profundidad analítica, recorre los principales desafíos del siglo XXI: la precariedad, la soledad digital, la crisis ecológica y la desafección de la ciudadanía hacia las instituciones y sus representantes. A través de un recorrido traza la radiografía de una sociedad cansada, atemorizada e incapaz de imaginar otros caminos.

Lejos del pesimismo o la nostalgia, la autora reivindica la necesidad de recuperar la conversación pública, defender los hechos ciertos en la era de la posverdad y reconstruir un nuevo contrato social basado en la cooperación, justicia y sostenibilidad mediante alianzas para crear futuros deseables. Contra el descontento es un manifiesto por una democracia más fuerte y un futuro compartido que aún están a nuestro alcance.

En el capítulo uno titulado Lo que ayer era indignación hoy ha mutado en decepción la autora señala que la segunda victoria de Trump y el ascenso de la ultraderecha en Europa han dado un nuevo impulso a un debate que, en el fondo, hace más de una década irrumpió en nuestras vidas. ¿Cómo y por dónde están fallando nuestras democracias y nuestros estados del bienestar? ¿Por cuáles de las derechas abiertas están entrando como termitas las fuerzas antidemocráticas que socavan las estructuras de las democracias?

Camino a las respuestas a estas preguntas dice: “Recordemos: la crisis de 2008 —que empezó siendo financiera— se tornó de forma inmediata en económica y enseguida se convirtió en social y, por supuesto, en política levantando movimientos de indignación en buena parte de occidente. Con contornos distintos en cada país, la indignación tomó las calles y gritó alto y claro: No nos representan. ¿Quiénes? Nadie”.

Agrtega que cuando quienes se dedican a la ciencia política como ella hablan de desafección, en realidad se están refiriendo a dos cosas distintas: indignación o apatía y desapego. “En los últimos años en buena parte de las democracias occidentales hemos transitado de la indignación a la decepción, pero el interés por la política se ha mantenido al alza, las tertulias radiofónicas y televisivas que analizan la actualidad, el interés que despiertan las noticias políticas o conversaciones entre amigos —con mayor o menor pretensión— son prueba de ello”.

Añade que, por lo tanto, no estamos atravesando un momento de desafección en su acepción de apatía y desinterés político, sino en medio de una ola de malestares y descontento que llevan ya más de una década instalados. Nada que ver con otros momentos de desencanto como los que experimentó España en la década de 1980 o de Argentina por el neoliberalismo había mostrado su cara más dura con movimientos en el marco de una eclosión social ante las medidas de austeridad neoliberal.

“En otros países de la región se vivieron procesos de transición sin estallidos, pero con un claro cansancio ciudadano ante los programas de ajuste durante la primera década de 2000. América latina dio un volantazo hacia gobiernos de corte progresista en lo que constituía el comienzo de la marea rosa…”, comenta como parte de ese recorrido para hacer una radiografía.

Añade que vivimos con la sensación de que atravesamos crisis superpuestas que nos sitúan en una encrucijada irresoluble. “Se nos olvida que la idea de crisis, cuando aterriza sobre algo, tiende a ser pegadiza y parece que nunca va a abandonarlo”.

En ese sentido escribe que no se trata de ser optimistas o pesimistas —expresiones que aborrezco por lo que tienen de simplistas, dice—, “sino de adoptar una disposición con un compromiso ético para que cada cual aporte lo que pueda: datos información y conocimiento al servicio de la transformación social, material para el debate, la crítica y la liberación que nos permita conocer mejor los retos que nos rodean para poder darles alternativas razonables”. Esto es parte de la pregunta que se impone: ¿qué podemos hacer?

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