La Reserva Federal (Fed), el Banco Central Europeo (ECB), el Banco de Inglaterra (BoE) y el Banco de México (Banxico) optaron por pausas estratégicas, no porque el problema inflacionario esté resuelto, sino porque equivocarse hoy es más costoso que no hacer nada.
Estados Unidos sigue lidiando con una inflación incómodamente alta. México, con una subyacente que se resiste a bajar y permanece por arriba de 4%. Europa muestra avances más claros hacia la convergencia inflacionaria, pero en un entorno geopolítico cargado de incertidumbre. Finalmente, el Reino Unido enfrenta un banco central dividido, atrapado entre señales contradictorias. Que todos hayan pausado no es casualidad: la inflación ha cambiado de forma, pero la credibilidad sigue siendo el ancla a la que nadie se atreve a soltar.
Los bancos centrales ya no reaccionan únicamente a los datos, también responden al recuerdo de haberse quedado atrás durante el episodio inflacionario postpandemia. Ese error elevó de manera permanente el costo reputacional de moverse demasiado pronto.
Un recorte precipitado que luego obligue a revertir el rumbo dañaría más su credibilidad que sostener una postura restrictiva, aun cuando el crecimiento empiece a resentirse. A esto se suma que, tras años de tensiones fiscales y presiones distributivas, sus decisiones se observan con mayor atención desde los gobiernos, lo que refuerza su inclinación a actuar con extrema prudencia.
ESTADOS UNIDOS
Estados Unidos ejemplifica ese dilema con especial claridad. Aunque la inflación ha retrocedido desde sus máximos, persiste por encima del objetivo y muestra una composición irregular que dificulta cualquier lectura concluyente. En ese contexto, la Fed insiste en la necesidad de paciencia: el costo de recortar demasiado pronto —y verse obligada a revertir el movimiento— sería elevado para una institución que aún carga con el recuerdo de haberse quedado atrás. Sin embargo, el disenso interno ya es visible. Que dos miembros del Comité hayan votado por un recorte revela lo frágil que se ha vuelto el equilibrio.
A ello se suma un entorno político más exigente. La política monetaria estadounidense opera bajo el escrutinio directo de la Casa Blanca, que no ha ocultado su incomodidad con la postura del banco central ni su intención de reemplazar al presidente de la Fed cuando tenga la oportunidad. Ese telón de fondo complica cualquier decisión: un recorte puede interpretarse como concesión política; una pausa prolongada, como desafío institucional. El mercado lo entiende y actúa en consecuencia. La Fed también.
EUROPA
El contraste con Europa es revelador. El ECB puede observar con mayor tranquilidad una inflación subyacente que converge hacia el objetivo, pero opera en un entorno político mucho más delicado. La resiliencia económica de la zona euro —apoyada por bajo desempleo y un papel fiscal más activo— convive con tensiones comerciales, conflictos geopolíticos y una fragmentación que complica la transmisión monetaria. En este contexto, no comprometerse a una trayectoria clara de tasas no es una preferencia intelectual, sino una necesidad operativa: una decisión tomada en Frankfurt no se interpreta igual en Berlín que en Roma.
INGLATERRA
Si la Fed encarna el temor a repetir errores pasados y el ECB el desafío de operar en un bloque heterogéneo, el Banco de Inglaterra representa algo aún más incómodo: la duda razonable. La votación dividida de su comité refleja desacuerdos reales sobre el balance de riesgos. Para algunos miembros, la moderación inflacionaria ya justifica empezar a retirar restricción; para otros, los riesgos de persistencia siguen siendo demasiado relevantes. El Reino Unido avanza por un terreno estrecho, donde mantener tasas altas por demasiado tiempo puede profundizar la debilidad económica, pero recortar antes de tiempo puede erosionar aún más la credibilidad de una institución que ya ha tenido que explicar demasiadas veces por qué la inflación sorprendió al alza.
MÉXICO
En las economías emergentes, el margen de error es todavía menor, y México no es la excepción. Banxico llega a 2026 con una credibilidad más frágil de lo que sugiere su comunicación. No tanto por la pausa reciente, sino por una secuencia de errores de pronóstico difíciles de ignorar. En febrero de 2025, el banco central anticipaba que la inflación general cerraría ese año en 3.2% y la subyacente en 3.3%; ambas estimaciones resultaron claramente optimistas. Aun así, la señal fue de relajación.
El problema es que el patrón se repite. Para 2026, Banxico proyecta una inflación general de 3.5% y una subyacente de 3.4%, cifras que contrastan con la mayoría de las encuestas, que apuntan a registros más cercanos a 4% y con una subyacente probablemente por arriba de ese nivel. En ese contexto, la postura todavía dovish del banco central se parece menos a una apuesta informada y más a un acto de fe. La pausa compra tiempo, pero no corrige el diagnóstico.
Visto en conjunto, estas decisiones cuentan una historia distinta a la de los comunicados oficiales. El hilo conductor no es la inflación en sí misma, sino la aversión al error. Los bancos centrales ya no buscan optimizar el ciclo económico: buscan evitar rectificaciones públicas. La política monetaria se ha convertido en un ejercicio de control de daños reputacionales.
No es una postura heroica. Tampoco particularmente eficaz. Pero define el momento. Después de haber subestimado la inflación, los bancos centrales prefieren hoy moverse despacio, aun a riesgo de equivocarse por omisión. El problema es que, esta vez, no decidir también es una decisión y sus costos empiezan a acumularse.
*Analista Económico.
Profesor
X: @deliyo
delia.paredesmi@anahuac.mx
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