El error de apagar el incendio con gasolina

La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ya detonó el mayor choque energético desde los años setenta. El Brent ronda los 120 dólares por barril y el cierre del Estrecho de Ormuz está afectando no solo al petróleo, sino al gas, fertilizantes y otros insumos clave. Cuando pasa algo así, la reacción de los gobiernos es intentar frenar el precio de la gasolina. Nadie quiere que el golpe llegue directo al bolsillo, y menos si está cerca algún proceso electoral. El problema es que esa lógica engaña.
Por Delia Paredes Mier
A primera vista parece una buena idea: si la gasolina no sube, la inflación se contiene y la gente queda protegida. Pero pasa justo lo contrario: cuando mantienes artificialmente bajo el precio de algo que escasea, la gente no consume menos. Nadie produce más y la escasez no desaparece, solo cambia de forma.

Además, el subsidio no distingue. Beneficia lo mismo al que llena el tanque de su camioneta para irse de paseo que al que depende del combustible para trabajar. No es una política social: es un apoyo generalizado… y caro. El resultado es bastante claro: los controles de precios no eliminan el problema, lo desplazan. El costo sigue ahí, solo que se mueve al déficit, a la deuda o a recortes en otras áreas.

Esto ya lo hemos visto antes. En 1973, Nixon congeló los precios del combustible en Estados Unidos. El resultado fue filas en las gasolineras y una inflación persistente. En América Latina, en los ochenta, la combinación de controles, subsidios y devaluaciones terminó en crisis que aún se estudian.

Esta vez, México tampoco es la excepción. El gobierno ha buscado contener el precio de la gasolina mediante estímulos fiscales al IEPS. Cuando sube el precio internacional, se reduce el impuesto para que el consumidor no lo sienta y cuando baja, en teoría, se recupera. Nada de esto es gratis. En 2022, el gasto en estímulos a gasolinas fue cercano a 400 mil millones de pesos: más del 10% de los ingresos tributarios y eso sin contar efectos adicionales como menor recaudación de IVA o ajustes fiscales a Pemex. En términos simples: se destinó más a subsidiar gasolina que infraestructura.

Se suele decir que ese subsidio se paga con mayores ingresos petroleros. Suena bien, pero tiene dos problemas. Primero: México importa más del 70% de la gasolina que consume, así que también paga más cuando suben los precios. Segundo: esos ingresos extra son volátiles, pero el gasto que generan tiende a quedarse. Además, el subsidio está mal diseñado. Los hogares de mayores ingresos consumen más gasolina y reciben una mayor parte del beneficio. Si el objetivo es apoyar a los más vulnerables, hay mecanismos mucho más eficientes, como transferencias directas.

El argumento más convincente a favor de controlar la gasolina es que ayuda a contener la inflación. Pero ahí es donde más falla. Este no es solo un choque energético. También está afectando fertilizantes y otros insumos agrícolas elevando el costo de producir alimentos. Aunque se controle el precio de la gasolina, la inflación se cuela por otro lado.

El trigo, maíz y arroz no suben solo por el transporte, sino porque producirlos es más caro. Subsidiar gasolina —e incluso diésel— ayuda a contener una parte del problema, pero no lo elimina. Es tapar un lado mientras se abre otro. Sí, subsidiar el diésel puede aliviar el costo de mover mercancías por carretera, pero la cadena es más larga. El transporte marítimo, la logística internacional y buena parte de los insumos energéticos quedan fuera. Además, mantener artificialmente bajos estos costos implica un gasto fiscal cada vez mayor.

Por eso la inflación no desaparece: se traslada. No se ve en la gasolina o en el diésel, pero se ve en el súper, en los materiales, en los servicios. Si el conflicto se prolonga, el problema escala. Energía cara por más tiempo, más presión inflacionaria y bancos centrales atrapados entre contener precios o no frenar demasiado la economía. En ese escenario, un gobierno que ya gastó su espacio fiscal en subsidiar gasolina tendrá menos margen para reaccionar.

Cuando el mundo se incendia, congelar el precio de la gasolina parece una buena idea. Pero el problema no es solo la gasolina. La energía está en todo y cuando sube, sube todo. Intentar contener solo una parte no elimina el problema. Solo lo desplaza. A lo mejor no se ve en la bomba de gasolina, pero lo ves en el súper.

Este es el verdadero riesgo: creer que se controló la inflación cuando en realidad solo cambió de lugar. Porque apagar el incendio bajando el precio de la gasolina no lo extingue. Solo cambia dónde empieza a arder. texto
Cuando el mundo se incendia, congelar el precio de la gasolina parece una buena idea. Pero el problema no es solo la gasolina. La energía está en todo y cuando sube, sube todo. Intentar contener solo una parte no elimina el problema. Solo lo desplaza. A lo mejor no se ve en la bomba de gasolina, pero lo ves en el súper.
*Analista Económico
Profesor
X: @deliyo
delia.paredesmi@anahuac.mx
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