El comportamiento de los mercados financieros globales durante el tercer trimestre de 2026 se ha consolidado como uno de los periodos más desafiantes para la renta fija soberana en los últimos años. Caracterizado por un repunte histórico en los rendimientos de la deuda pública a largo plazo han alcanzado niveles máximos en Estados Unidos y en las principales economías europeas que responden a una interacción de factores macroeconómicos y geopolíticos globales.
Por Janneth Quiroz Zamora
El tercer trimestre de 2026 quedará marcado como uno de los peores periodos para la renta fija soberana desde 2024.
Los rendimientos de la deuda pública global ascendieron a niveles máximos no vistos en varias décadas, particularmente en el tramo largo de la curva —los plazos de 10 y 30 años—, el segmento que mejor refleja las expectativas de inflación de largo plazo, el volumen de emisión futura y la prima que los inversionistas exigen por prestar a horizontes prolongados.
El rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a 30 años llegó a tocar 5.64%, un nivel no observado desde 2002, mientras que el de 10 años alcanzó 5.29%, su máximo en casi dos décadas.
El fenómeno no fue exclusivo de Estados Unidos: el bono británico a 30 años llegó a 6.00% por primera vez desde 1998, y el de 10 años se ubicó en 5.40%, mientras que el diferencial entre los bonos franceses y alemanes a 10 años se amplió hasta 154 puntos base, su nivel más extenso desde 2011.
CAUSAS: PETRÓLEO, RESILIENCIA ECONÓMICA Y EL GIRO DE LA FED
El principal catalizador de este ajuste fue la intensificación del conflicto en Medio Oriente, que impulsó al petróleo Brent por encima de 100 dólares por barril y al WTI sobre los 90 dólares. Ese repunte energético reavivó las preocupaciones inflacionarias a nivel global, erosionando el valor presente de los flujos futuros que pagan los bonos y contribuyendo a la venta masiva de estos instrumentos.
A ello se sumó una economía estadounidense más resiliente de lo anticipado: el PIB del segundo trimestre se revisó al alza a 2.2% trimestral anualizado, desde 1.5% estimado inicialmente, impulsado por una aceleración del consumo a 3.8%.
Ese dinamismo, junto con un auge sustancial en el gasto de infraestructura ligado a la inteligencia artificial, reforzó los argumentos de quienes dentro de la Reserva Federal preferían mantener una postura monetaria restrictiva, luego de que el FOMC subiera su tasa 25 puntos base en septiembre de forma unánime, la primera alza desde 2023.
El panorama, sin embargo, tuvo un giro parcial hacia el cierre de la semana. Los datos de empleo estadounidense de septiembre sorprendieron a la baja: la nómina no agrícola sumó apenas 29 mil plazas, muy por debajo de las 90 mil esperadas por el mercado y de las 133 mil del mes previo (revisadas también a la baja), con la tasa de desempleo subiendo a 4.2% desde 4.1%.
Esa moderación del mercado laboral le dio un respiro temporal a los bonos de plazos cortos: el rendimiento a 2 años cayó 10 puntos base hasta 4.69% y el de 10 años cedió 8 puntos base hasta 5.15%, mientras la probabilidad implícita de una nueva alza de la Fed en octubre se redujo drásticamente a 19%, desde niveles mucho más altos semanas atrás.
No obstante, ese alivio se concentró en el tramo corto de la curva: el desequilibrio entre la oferta masiva de deuda y la demanda del mercado mantiene presionado el extremo largo, independientemente de lo que haga la Fed en el corto plazo.
EL TRASFONDO FISCAL: OFERTA DE DEUDA, FRANCIA, REINO UNIDO Y JAPÓN
Ese desequilibrio tiene una raíz claramente fiscal. La deuda del gobierno estadounidense superó los 40 billones de dólares, una cifra que se explica por los recortes tributarios, los paquetes de estímulo heredados de la pandemia y el creciente costo del servicio de la propia deuda.
En Francia, la presentación de un borrador presupuestario calificado como optimista por el organismo fiscal independiente del país generó nerviosismo entre los inversionistas, ampliando el diferencial frente a los bonos alemanes a su nivel más alto en 15 años, en un contexto donde una eventual intervención del Banco Central Europeo requeriría una solicitud formal de París, un paso políticamente inviable dada la fragmentación legislativa actual.
En el Reino Unido, el salto del bono a 30 años a su nivel más alto desde 1998 incorpora una prima que compensa errores de política e inconsistencias fiscales pasadas, un costo adicional que se estima en 2,500 millones de libras esterlinas anuales para el periodo 2029-2030.
A estas presiones se añadió un factor menos visible pero igualmente relevante: Japón. El Ministerio de Finanzas japonés registró una caída récord de 87,800 millones de dólares en su tenencia de bonos del Tesoro estadounidense al cierre de agosto, reflejo de la venta de esos activos para intervenir en el mercado cambiario y frenar la depreciación del yen.
En paralelo, el desmantelamiento de operaciones de carry trade financiadas en yenes —donde los inversionistas se fondeaban a tasas casi nulas en Japón para invertir en activos de mayor rendimiento en el extranjero— generó ventas forzadas adicionales en los mercados globales de renta fija, amplificando la liquidación que ya estaba en marcha por razones puramente fiscales y de inflación.
El deterioro no fue homogéneo entre economías emergentes. México vio su bono a 10 años subir 0.34 puntos porcentuales en el trimestre, hasta 9.45%, con su CDS ampliándose 7.3 puntos base; Colombia sufrió un ajuste mucho más severo, con su bono a 10 años subiendo 1.24 puntos porcentuales hasta 13.1% y su CDS ampliándose más de 20 puntos base.
Brasil, en cambio, fue la excepción notable: su bono a 10 años cayó 1.75 puntos porcentuales hasta 12.8% después de que el resultado sorpresivo de la primera vuelta electoral posicionara a un candidato percibido como más favorable al mercado, lo que también impulsó al real brasileño cerca de 5.1% y llevó a la bolsa local a un máximo histórico.
Ese contraste confirma que, aunque la tendencia global es claramente al alza en rendimientos, la credibilidad fiscal y política de cada país sigue determinando qué tan expuesto queda frente a la corriente.
Las consecuencias de este movimiento se transmiten por varios canales. El más directo es el costo de financiamiento: con el rendimiento a 30 años en Estados Unidos por encima de 5.6%, el costo de las hipotecas y del crédito corporativo de largo plazo se encarece, enfriando sectores sensibles a las tasas como vivienda e inversión productiva.
Para los gobiernos, cada subasta de deuda se vuelve más costosa, retroalimentando el propio problema fiscal que originó la presión. En renta variable, el S&P 500 registró su peor mes desde junio, reflejando cómo rendimientos más altos en el activo «libre de riesgo» comprimen los múltiplos de valuación de las acciones.
LECCIONES DEL PASADO: 1994, 2013 Y 2022
Este tipo de episodios tiene precedentes históricos útiles. El más citado es 1994, la «gran masacre de bonos», cuando la Fed de Alan Greenspan sorprendió con alzas más agresivas de lo esperado, provocando pérdidas globales por cientos de miles de millones de dólares y contribuyendo, meses después, a la crisis del peso mexicano.
El segundo es el «taper tantrum» de 2013, cuando una simple insinuación de Ben Bernanke sobre reducir las compras de bonos bastó para que el rendimiento a 10 años pasara de 1.6% a casi 3%, golpeando con fuerza a las divisas emergentes.
El tercero es la crisis de los gilts británicos de 2022, cuando un paquete fiscal sin financiamiento claro disparó los rendimientos británicos en días y obligó al Banco de Inglaterra a intervenir para evitar una espiral forzada entre fondos de pensiones.
El episodio actual combina elementos de los tres: la sorpresa de política monetaria de 1994, la sensibilidad a expectativas futuras de 2013, y la desconfianza fiscal que caracterizó 2022, con el añadido de un desarme de carry trade en yenes que no estuvo presente en ninguno de esos antecedentes.
Mientras la combinación de riesgo geopolítico, oferta masiva de deuda y credibilidad fiscal cuestionada no se resuelva, el mercado seguirá exigiendo una prima más alta por financiar deuda de largo plazo, manteniendo el atractivo relativo en los tramos cortos y medios de la curva, mientras se espera mayor claridad sobre los próximos datos macroeconómicos y la trayectoria fiscal de las economías desarrolladas y emergentes.
*Directora de Análisis Económico, Cambiario y Bursátil de Monex
@Janneth_QuirozZ
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