Eso es exactamente lo que ha ocurrido tras el reciente ataque de Estados Unidos a Irán. El precio del petróleo ha subido y con él han reaparecido temores conocidos. Durante décadas, los economistas hemos interpretado los choques energéticos con un guion bastante claro: cuando la energía se encarece, la inflación aumenta y el crecimiento se debilita. La combinación puede desembocar en lo que se conoce como estanflación.
La historia económica ofrece varios ejemplos. Las crisis petroleras de los años setenta fueron el caso más evidente. El fuerte encarecimiento de la energía se trasladó rápidamente a los precios de toda la economía. Los hogares vieron caer su poder adquisitivo, mientras que las empresas enfrentaron mayores costos de producción. El resultado fue una mezcla incómoda de inflación alta y crecimiento débil.
En más de una ocasión desde entonces, aumentos abruptos del petróleo han precedido a desaceleraciones económicas en Estados Unidos. El mecanismo es relativamente simple: cuando el gasto en gasolina, electricidad o calefacción sube, queda menos ingreso disponible para otros bienes y servicios.
Sin embargo, la experiencia más reciente sugiere que este mecanismo ya no opera con la misma fuerza que en el pasado. El choque energético que siguió a la invasión rusa de Ucrania en 2022 provocó un fuerte repunte inflacionario global. Pero la recesión que muchos anticipaban nunca llegó. El crecimiento se desaceleró, sin duda, pero la contracción generalizada no se materializó.
Parte de la explicación está en cambios estructurales que han ocurrido en las últimas décadas. La energía pesa hoy menos dentro del gasto total de los hogares. En Estados Unidos representa alrededor de 3–4% del consumo personal, muy por debajo de los niveles observados hace cuarenta años. Al mismo tiempo, la economía se ha vuelto mucho más eficiente en el uso de energía y la estructura productiva se ha desplazado hacia los servicios, sectores que en general requieren menos energía que la industria pesada.
Nada de esto significa que la energía haya dejado de importar. Cuando el petróleo se dispara, la inflación sigue reaccionando con rapidez, no solo por el gasto directo de los hogares, sino también por sus efectos sobre transporte, fertilizantes, logística y costos de producción. La diferencia es que el impacto contractivo sobre el crecimiento parece hoy más moderado que en el pasado.
Por ello, el escenario actual probablemente no sea el de una recesión clásica provocada por un choque energético. Lo más probable es algo más incómodo: una economía que crece con mayor lentitud mientras la inflación recibe impulsos intermitentes desde el mercado energético.
Además, la economía estadounidense llega a este episodio con señales mixtas. El mercado laboral, que durante años fue sorprendentemente fuerte, comienza a mostrar signos de moderación. La creación de empleo se ha enfriado y las vacantes han disminuido desde los máximos observados tras la pandemia.
A ello se suma un factor adicional de incertidumbre: la política comercial. El regreso de una agenda más agresiva en materia de aranceles —impulsada por Donald Trump— ha vuelto a colocar el comercio internacional en el centro del debate económico. Las empresas saben por experiencia reciente que estos cambios no solo afectan los precios de importación; también alteran decisiones de inversión y obligan a reorganizar cadenas de suministro.
No todo apunta, sin embargo, en dirección negativa. La inversión en inteligencia artificial, centros de datos y capacidad de cómputo está generando un nuevo ciclo de gasto en capital por parte de las grandes tecnológicas. Si ese proceso termina traduciéndose en mejoras significativas de productividad, podría convertirse en un contrapeso importante frente a otros riesgos.
El resultado es una economía que avanza con fuerzas encontradas. La incertidumbre geopolítica, las tensiones comerciales y el enfriamiento gradual del mercado laboral apuntan hacia una desaceleración. El ciclo de inversión tecnológica apunta en sentido contrario. Para la Reserva Federal el desafío es evidente. La actividad pierde impulso, pero la inflación sigue siendo lo suficientemente persistente como para limitar una relajación agresiva de la política monetaria.
En este contexto, el problema central no es solo el nivel del precio de los energéticos, sino el grado de incertidumbre que rodea al conflicto. Si la tensión en Oriente Medio se mantiene contenida, el impacto económico probablemente será manejable. Pero si el conflicto escala —o si se materializan riesgos en puntos críticos como el Estrecho de Ormuz— el choque energético podría ser mucho más profundo.
La historia muestra que los choques petroleros rara vez se desarrollan de forma lineal. Por ahora, el escenario más probable parece ser uno de crecimiento más débil y presiones inflacionarias intermitentes. Pero el margen de error es amplio. En un entorno geopolítico cada vez más volátil, esa incertidumbre es, quizás, el verdadero riesgo económico.
*Analista Económico.
Profesor
X: @deliyo delia.paredesmi@anahuac.mx Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan la opinión del IMEF.
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