El primero ocurrió en Davos,
cuando Mark Carney habló abiertamente de la fractura del orden global. El segundo, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde
Marco Rubio defendió la necesidad de proteger los valores occidentales frente a un mundo cada vez más hostil. Juntos dibujan el nuevo momento histórico:
un sistema internacional debilitado, instituciones incapaces de gestionar crisis y potencias dispuestas a actuar por su cuenta. Estados Unidos parece haber llegado a esa conclusión. Durante décadas, Washington buscó legitimar sus acciones a través de organismos multilaterales. Hoy actúa con otra lógica: si el sistema no puede garantizar seguridad o estabilidad, entonces el poder vuelve a ejercerse directamente.
Sin rodeos. Sin anestesia. Estamos de regreso en la geopolítica en su forma más dura: el golpe avisa y el mapa responde. La guerra en Irán tiene una dimensión energética imposible de ignorar. El país no solo posee algunas de las mayores reservas de petróleo y gas del planeta; también controla uno de los puntos estratégicos más sensibles del comercio mundial: el
Estrecho de Hormuz. Por esa franja marítima pasa aproximadamente una quinta parte del petróleo global.
Controlar esa arteria significa influir directamente en la economía mundial. No es casualidad que la guerra haya provocado ya turbulencias en los mercados energéticos. El precio del petróleo podría acercarse a los 100 dólares por barril si el conflicto se prolonga, mientras que el gas ha registrado aumentos significativos en cuestión de días. Cuando la energía se encarece, la cadena completa se resiente: transporte, industria y eventualmente alimentos.
Europa es particularmente vulnerable. El conflicto ha dejado ver fisuras dentro del propio bloque occidental. Mientras algunos gobiernos europeos han mostrado disposición a apoyar la operación militar o facilitar su logística, otros han intentado mantener distancia. España, por ejemplo, inicialmente se resistió a permitir el uso de sus bases para operaciones militares, lo que desató tensiones con Washington.
Las fracturas en las alianzas no son un accidente. Son parte del nuevo paisaje internacional. Al mismo tiempo,
la guerra no ocurre en aislamiento. Sus ondas expansivas empiezan a tocar otros conflictos. Rusia ha utilizado drones iraníes en la guerra contra Ucrania, y Kiev se ha convertido en uno de los países con mayor experiencia en la defensa contra este tipo de ataques. Las lecciones del frente ucraniano empiezan a observarse ahora en Medio Oriente, mientras Moscú aprovecha el aumento de los precios energéticos para reforzar su posición en los mercados globales.
China observa con atención. Un encarecimiento prolongado de la energía podría aumentar su dependencia del suministro ruso, alterando aún más los equilibrios estratégicos. Y mientras tanto, otro foco de tensión crece a pocos kilómetros del Golfo:
la escalada militar entre Pakistán y Afganistán, que añade una capa adicional de inestabilidad a una región donde convergen intereses de India, China y Occidente.
En otras palabras:
el conflicto podría multiplicar sus frentes. Lo que estamos viendo en Irán no es solo una guerra. Es la manifestación de un cambio de época. El sistema internacional construido después de la Guerra Fría ya no logra contener las rivalidades entre potencias ni gestionar crisis regionales.
Cuando las instituciones dejan de funcionar, la geopolítica vuelve a su forma más elemental. El poder. Y el poder, en última instancia, siempre termina expresándose sobre el mapa.
El último en salir que apague la luz.
*Geopolitóloga, analista estratégica y fundadora de
Café Colón en substack. Es integrante del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI) y colabora en medios nacionales. Asesora a empresas y líderes en geoeconomía, riesgo geopolítico y estrategia de entorno.
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan la opinión del IMEF.