Los mercados financieros globales vivieron en las últimas semanas uno de los episodios de mayor volatilidad del año, impulsados por el conflicto armado entre Estados Unidos e Irán y su amenaza directa sobre el flujo energético mundial. El detonante fue el cierre del Estrecho de Ormuz, la vía marítima por donde transita cerca del 20% del petróleo y gas natural licuado que consume el mundo.
Desde principios de marzo, la interrupción del tráfico en esa ruta generó un choque de oferta energética sin precedentes recientes. La respuesta de los precios fue inmediata. Las referencias de crudo Brent y WTI acumularon incrementos superiores al 50% desde el inicio del conflicto, con el primero operando muy cerca de 120 dólares por barril.
El impacto se extendió a través de todas las clases de activos. En renta fija, los rendimientos de los Treasuries subieron ante expectativas de mayor inflación en el corto plazo. En divisas, el dólar se fortaleció de forma sostenida al consolidarse como activo de refugio ante la aversión al riesgo. Por el contrario, las monedas emergentes se debilitaron. El peso mexicano se depreció 4.2% en el mes, cerrando ligeramente por debajo de 18.00 por dólar y rompiendo una racha de cuatro meses de ganancias.
La tensión alcanzó su momento más crítico en los primeros días de abril, cuando Trump emitió un ultimátum a Irán exigiendo la reapertura del Estrecho bajo amenaza de consecuencias militares severas. Los mercados de opciones comenzaron a cotizar escenarios de escalada extrema y la volatilidad implícita se disparó. Sin embargo, la resolución llegó antes de que venciera el plazo (7 de abril). Una propuesta de alto al fuego con Pakistán como mediador principal y el apoyo de Qatar y Suiza estableció el cese inmediato de hostilidades y la reapertura del Estrecho al tráfico comercial por solo dos semanas.
El ajuste de mercado fue rápido y generalizado. El petróleo se alejó de sus máximos recientes, regresando a cotizar debajo de 100 dólares por barril. Las bolsas y bonos soberanos de todas las regiones registraron ganancias importantes ante la expectativa de una desescalada. Por su parte, el dólar revirtió buena parte de las ganancias acumuladas durante el conflicto. En tanto, el peso mexicano se apreció con fuerza, deshaciendo semanas de presión cambiaria a 17.40 por dólar.
A pesar cierto optimismo, el sentimiento de cautela prevalece. La tregua despeja el riesgo inmediato, pero no resuelve las fricciones de fondo entre Washington y Teherán aunado a acusaciones de ambas partes de haber violado el acuerdo a solo horas de haberlo pactado.
Con ello, los precios de la energía difícilmente regresarán a niveles previos al conflicto en el corto y mediano plazo considerando que la infraestructura dañada tardará meses en recuperarse y el transporte marítimo necesita tiempo para normalizarse.
El componente político añade otra capa de complejidad. Con las elecciones intermedias de noviembre en el horizonte, el precio de la gasolina en Estados Unidos, que llegó a niveles no vistos desde la guerra en Ucrania (alrededor de 4.15 dólares por galón), se ha convertido en un termómetro político de primer orden.
Trump no puede llegar a los comicios con esa presión inflacionaria sobre el consumidor sin pagar un costo electoral. Esa restricción, más que cualquier consideración estratégica, podría ser el factor que defina el ritmo y la profundidad de las negociaciones durante estas dos semanas de tregua.
*Subdirectora de Renta Fija, Tipo de Cambio y Commodities de Grupo Financiero Banorte.
Twitter: @LeslieOrozcoV LinkedIn: Leslie Orozco Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan la opinión del IMEF.
Suscríbete a IMEF News
Análisis y opinión de expertos en economía, finanzas y negocios para los tomadores de decisiones.