La inflación de 3.1% es el promedio de dos historias distintas.
Los precios de los bienes comerciables, como alimentos, muebles, ropa y calzado, entre otros, aumentan a un ritmo similar o menor al de la inflación total. En cambio, varios servicios siguen encareciéndose por encima de 4%. Salud, educación, restaurantes, alojamiento, seguros y servicios financieros registran aumentos que llegan, en algunos casos, a más de 6%.
Puesto de otra forma, la desinflación se concentra más en bienes, mientras varios gastos difíciles de evitar —como educación, salud o seguros— siguen subiendo con fuerza.
Una familia puede retrasar la compra de un mueble o buscar una camisa más barata. Es mucho más difícil dejar de pagar una colegiatura, una consulta médica o una prima de seguro.
La inflación general está prácticamente en el objetivo;
eso no significa que la presión sobre el presupuesto familiar haya desaparecido necesariamente.
Los hogares están respondiendo como cabría esperar: buscando dónde rinde más su dinero. Entre enero y mayo, el consumo de bienes importados aumentó 10.4% anual. El de bienes nacionales no creció. Entre los duraderos producidos en México, el consumo cayó 5.9%.
Buena parte de la expansión del gasto en bienes está ocurriendo, por tanto, fuera de la producción nacional.
En buena medida es una respuesta a los precios relativos. Un peso fuerte, menores presiones sobre los precios de mercancías y una oferta abundante de productos extranjeros han hecho más atractiva la compra de bienes importados. Una parte importante de la desinflación que hoy beneficia al consumidor mexicano llegó de fuera.
Hasta aquí, la lectura habitual sería que el consumo se está sosteniendo con deuda. Las cifras invitan a pensarlo: el financiamiento al consumo de la banca comercial creció 7.6% anual y el saldo vigente en tarjetas de crédito alcanzó 709 mil 266 millones de pesos en junio, 8.2% más en términos reales que un año antes, mientras el consumo avanzaba alrededor de 2.6% medido en la misma base. Visto así, el crédito estaría corriendo a más de tres veces la velocidad del gasto que financia.
Conviene resistir esa conclusión.
Esa proporción no es una anomalía: está en línea con la relación que estas dos series han guardado durante años y, con las cifras más recientes, incluso algo por debajo.
El crédito al consumo en México lleva tiempo creciendo varias veces más rápido que el gasto de los hogares, y eso tiene menos que ver con familias desesperadas que con un sistema financiero que sigue bancarizando desde una base baja. La morosidad cuenta algo parecido.
El índice convencional de cartera vencida llegó a 3.6% en junio, alrededor del nivel en que se ha movido en años recientes.
Solo en créditos personales aparece un deterioro nítido de 4.7% a 5.6%: un problema de segmento, no de sistema. Quien busque aquí una burbuja de consumo se está equivocando de riesgo.
El problema es otro y es menos aparatoso.
Un consumo cuyo nivel sigue por debajo del cierre de 2025, y cuyo único componente que crece se produce fuera de México, no describe hogares al borde del sobreendeudamiento. Describe una demanda doméstica que no está jalando.
La distinción importa porque los remedios no son los mismos: una vulnerabilidad financiera se atiende con regulación y con tasas; una debilidad de crecimiento, no.
Importa además la composición de ese gasto. Cuanto mayor sea su contenido importado, menor será el impulso que transmite a la producción doméstica. Las importaciones generan actividad en transporte, comercio y distribución, pero una proporción mayor del valor añadido se produce fuera del país.
Para las empresas, la distinción es relevante. La demanda que aparece hoy en el tablero de ventas no necesariamente equivale a demanda estructural.
Quien fija precios, extiende crédito o negocia salarios debería preguntarse cuánto de su volumen depende de un gasto que no ha crecido en nivel y qué se está desplazando hacia proveedores externos.
La inflación bajó y el consumo dejó de caer. Son buenas noticias. Debajo de ellas hay una economía doméstica menos vigorosa
de lo que sugieren los agregados: servicios todavía caros, un gasto en bienes que crece solo del lado importado y un nivel de consumo que no ha recuperado el terreno perdido. El consumo mexicano aguanta. Aguantar, sin embargo, no es lo mismo que recuperarse.
*Analista Económico.
Profesor
X: @deliyo
delia.paredesmi@anahuac.mx
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