La firma fue el 23 de junio en Brasil. El Memorando de Entendimiento es la colaboración entre “las dos mayores petroleras estatales de América Latina” el cual promete revitalizar campos maduros, aprovechar el conocimiento técnico brasileño en aguas ultra profundas y abrir una nueva etapa en la relación energética bilateral.
Lo que realmente se firmó el propio acuerdo lo aclara: no representa un compromiso vinculante de inversión, ni la creación de una sociedad, consorcio o empresa conjunta entre las partes. Es, en el mejor de los casos, un marco de colaboración técnica con vigencia de dos años, renovable si ambas partes lo deciden.
Se habla de “evaluar” iniciativas de reprocesamiento sísmico, de “identificar” oportunidades exploratorias, de “intercambiar” experiencias regulatorias. Ningún barril adicional está garantizado, ninguna inversión está comprometida, ningún dólar cambiará de manos.
La historia no ayuda a ser optimistas: este tipo de acuerdos entre Pemex y Petrobras no son nuevos; en el pasado han tenido un impacto nulo sobre las variables importantes: producción, reservas probadas, flujo de caja o apalancamiento.
La verdad es que Pemex ya no está en la mesa de las grandes petroleras estadounidenses, porque estas tienen la mirada puesta en otro lado. Tras la caída de Nicolás Maduro y la flexibilización de sanciones por parte de Estados Unidos, Chevron —la única petrolera estadounidense que operaba en Venezuela— proyecta elevar su producción de un rango de 225 a 240 mil barriles diarios hasta 300 mil.
ExxonMobil y ConocoPhillips ya figuran entre las primeras convocadas para la reconstrucción del sector petrolero venezolano, un mercado que, según estimaciones, requerirá más de 100 mil millones de dólares en inversión durante la próxima década para recuperar los niveles de producción de los años noventa.
PEMEX FUERA DEL RADAR DE LAS GRANDES PETROLERAS
Frente a semejante oportunidad —con las reservas probadas más grandes del planeta y un país ávido de capital extranjero— ¿por qué una gran petrolera arriesgaría capital en un socio como Pemex, con pérdidas trimestrales recurrentes, una siniestralidad operativa al alza (ahí está la explosión en Dos Bocas de marzo pasado, con cinco personas fallecidas) y un historial cada vez más opaco?
La respuesta es simple: no les interesa.
Pemex quedó fuera del radar de las grandes petroleras y Petrobras aparece como la opción disponible. Basta contrastar el tamaño de ambas empresas para dimensionar la asimetría de esta “alianza entre iguales”.
Petrobras cerró el primer trimestre de 2026 con una producción total de 3.23 millones de barriles diarios equivalentes, 16.1% más que un año antes. En 2025 obtuvo ganancias netas por 19,200 millones de dólares.
Pemex, en el mismo periodo, operó sus refinerías a apenas 65.2% de su capacidad, reportó una pérdida neta de 45,993 millones de pesos y solo logró reducir su deuda financiera a 79,037 millones de dólares porque el gobierno federal absorbió pagos con recursos de los contribuyentes, no porque la empresa generara el efectivo para hacerlo.
Con pasivos totales por 99,800 millones de dólares, Pemex se mantiene como la segunda petrolera más endeudada del mundo, apenas por debajo de la rusa Gazprom, y con un patrimonio neto negativo de 104,000 millones de dólares: ni vendiendo todos sus activos alcanzaría para cubrir lo que debe.
No es una alianza entre pares. Una es una petrolera solvente, rentable y en expansión, sentándose con una que sobrevive gracias al dinero público que le pasa Hacienda. El único punto a favor: la disciplina que impone la Bolsa.
Si hay algo rescatable en este acuerdo es la posibilidad de un contagio de buenas prácticas. Petrobras es una empresa de participación mixta que cotiza en la Bolsa de São Paulo (B3) y en Nueva York, obligada por ley a informar trimestralmente sus resultados, sus reservas y sus riesgos, con auditoría externa de la que Pemex carece por completo.
Y carece de ella por decisión propia del Estado mexicano: la Comisión Nacional de Hidrocarburos, el organismo que certificaba de manera independiente la información técnica que Pemex reportaba, fue absorbida por la Secretaría de Energía. Es decir, el mismo gobierno que es dueño de Pemex, que nombra a sus directivos y que se beneficia de sus anuncios triunfalistas, es ahora también quien debe vigilarla.
Especialistas en competencia económica lo advirtieron: el Ejecutivo se convirtió en juez y parte. Desde entonces, Pemex es, en los hechos, un pozo negro de discrecionalidad, donde los informes trimestrales celebran el “desendeudamiento” sin mencionar la pérdida neta, y donde la reducción de la deuda financiera resulta ser, un traslado de la deuda a las espaldas de quienes pagamos impuestos.
Que una petrolera como Petrobras, escrutada por analistas, fondos de inversión y reguladores extranjeros, se siente en la misma mesa que Pemex, podría presionar hacia estándares más altos de transparencia en los proyectos conjuntos. Pero de ahí a que esta alianza resuelva el problema estructural de Pemex, no lo creo.
Fuera de eso, no veo cambios reales ni ganancias en esta alianza. Es un acuerdo sin inversión comprometida y con precedentes históricos irrelevantes. Mientras Venezuela abre sus 300 mil millones de barriles de reservas probadas a la inversión extranjera, México firma memorandos de buenas intenciones.
*Economista, Profesor en la Universidad Panamericana en Guadalajara.
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan la opinión del IMEF.
Suscríbete a IMEF News
Análisis y opinión de expertos en economía, finanzas y negocios para los tomadores de decisiones.