¿Y si el mundo no necesitara más habitantes?

En buena parte del siglo XX un gran temor fue la explosión demográfica. Se promovían campañas de planificación familiar porque más personas significaba más contaminación, mayor consumo de recursos y una pérdida acelerada de biodiversidad. Ahora el gran desafío será la despoblación y cómo generar mayor bienestar con menor presión sobre el único planeta que tenemos, pero ¿se podrá analizar el futuro con categorías económicas del pasado?
Por Edgar Esquivel
Durante buena parte del siglo XX un gran temor era la explosión demográfica. Paul Ehrlich advertía que el crecimiento de la población conduciría a hambrunas y agotamiento de los recursos; gobiernos promovían campañas de planificación familiar.

En México se popularizó el lema «La familia pequeña vive mejor» y años después Al Gore alertó sobre la presión que una humanidad cada vez más numerosa ejercía sobre el planeta. El diagnóstico parecía indiscutible: más personas significaban más contaminación, mayor consumo de recursos y una pérdida acelerada de biodiversidad.

Hoy el debate parece haber dado un giro radical. En After the Spike, texto Dean Spears y Michael Geruso sostienen que el gran desafío del siglo XXI será la despoblación. Recuerdan que en 2012 nacieron alrededor de 146 millones de niños, el máximo histórico. Desde entonces nacen menos personas cada año.

La población mundial sigue creciendo únicamente porque vivimos más tiempo. Si la fecundidad mundial permanece por debajo del nivel de reemplazo —2.1 hijos por mujer— el planeta alcanzará un máximo de población durante este siglo antes de iniciar una disminución gradual.

Más allá de los datos, lo discutible son sus implicaciones. ¿Por qué suponemos que un mundo con tres mil millones de habitantes sería necesariamente peor que uno con diez mil millones? ¿Cómo pasamos, en apenas medio siglo, de temer la sobrepoblación a preocuparnos por la falta de nacimientos, cuando los problemas ambientales siguen presentes?

LA EXPLICACIÓN ES PRINCIPALMENTE ECONÓMICA
Nuestros sistemas de pensiones, las finanzas públicas, el mercado inmobiliario y buena parte del modelo de crecimiento descansan sobre un supuesto implícito: cada generación será más numerosa que la anterior. Menos nacimientos significan menos trabajadores, menos contribuyentes y mayores presiones fiscales. El temor a la despoblación refleja, en gran medida, la preocupación por la sostenibilidad del modelo económico vigente.

Sin embargo, ese supuesto podría estar dejando de ser válido. Thomas Malthus creyó que la población crecería más rápido que la producción de alimentos y que la escasez sería inevitable. No imaginó la revolución agrícola, la mecanización ni los avances tecnológicos que multiplicaron la productividad y permitieron alimentar a miles de millones de personas adicionales.

Hoy podríamos cometer el error inverso. Muchos análisis sobre la despoblación asumen que una población menor implicará necesariamente menos producción y menor crecimiento. Pero la inteligencia artificial, la robótica y la automatización están modificando esa relación. Actualmente resulta viable producir más con menos trabajadores. Si esa transformación se consolida, el crecimiento económico dejará de depender del crecimiento demográfico.

La discusión tampoco debería limitarse al bienestar económico de la especie humana. Peter Singer ha defendido que nuestras obligaciones morales incluyen también la preservación de los ecosistemas, el bienestar de otras especies y la responsabilidad con las generaciones futuras.

Desde esa perspectiva, una menor población representa también una menor presión estructural sobre el agua, la energía, los bosques, los minerales y la biodiversidad. La pregunta ética no es únicamente cuántos seres humanos habrá, sino qué planeta heredarán.

LA TRANSICIÓN YA COMENZÓ
Los ejemplos internacionales muestran que la transición ya comenzó. Corea del Sur (0.75 hijos por mujer), China (alrededor de 1.0) y buena parte de Europa se encuentran muy por debajo del reemplazo; de hecho, China pasó de limitar los nacimientos mediante la política del hijo único a ofrecer incentivos para aumentarlos.

India también descendió por debajo del reemplazo, con cerca de 1.9 hijos por mujer, aunque su población seguirá creciendo durante varias décadas porque las generaciones numerosas nacidas en el pasado aún están entrando en edad reproductiva.

África continúa siendo la gran excepción, con una fecundidad cercana a cuatro hijos por mujer, aunque también experimenta una rápida transición demográfica. México resume esta transformación: pasó de casi 7 hijos por mujer en los años setenta a alrededor de 1.6 en la actualidad, una de las reducciones más rápidas observadas en una economía de ingreso medio.

Nada de esto significa que la transición será sencilla. Será necesario reformar los sistemas de pensiones, adaptar las finanzas públicas y elevar la productividad. Pero una cosa es reconocer esos desafíos y otra asumir que una humanidad menos numerosa constituye, por definición, una tragedia.

Quizá el verdadero error consista en analizar el futuro con categorías económicas del pasado. Si la inteligencia artificial rompe el vínculo histórico entre población, trabajo y producción, el desafío del siglo XXI dejará de ser cómo sostener un crecimiento demográfico permanente y pasará a ser cómo generar mayor bienestar con menor presión sobre el único planeta que tenemos.
¿Por qué suponemos que un mundo con tres mil millones de habitantes sería necesariamente peor que uno con diez mil millones? ¿Cómo pasamos, en apenas medio siglo, de temer la sobrepoblación a preocuparnos por la falta de nacimientos, cuando los problemas ambientales siguen presentes?
La pregunta ética no es únicamente cuántos seres humanos habrá, sino qué planeta heredarán; el desafío dejará de ser cómo sostener un crecimiento demográfico permanente y pasará a ser cómo generar mayor bienestar con menor presión sobre el único planeta que tenemos.
*Doctor en Economía y profesor del posgrado en Economía de la UNAM.
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan la opinión del IMEF.

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