Ucrania, Brasil y Venezuela: lecciones a la carta

 ¿Y si la guerra entre Rusia y Ucrania terminara hoy? El desenlace no permitiría hablar de una victoria completa para ninguno; sin embargo ayuda a examinar dos episodios recientes: la derrota electoral del bolsonarismo en Brasil, así como el regreso de María Corina Machado a Venezuela y, sobre todo, a preguntarnos qué enseñan estas situaciones a México.

Por Edgar H. Esquivel

La disposición expresada por Volodímir Zelenski el 21 de octubre a congelar las líneas del frente, siempre que existan garantías de seguridad, revela hasta qué punto se han estrechado las alternativas. No supone reconocer jurídicamente las anexiones.

Rusia conservaría alrededor de una quinta parte del territorio ucraniano reconocido internacionalmente, incluida Crimea, ocupada desde 2014. Ucrania habría resistido una invasión que pretendía someterla, pero seguiría sin recuperar extensas regiones.Tampoco asegura que Moscú acepte un acuerdo semejante.

UCRANIA: DETENER LA GUERRA NO EQUIVALE A RECUPERAR EL PAÍS

Si las posiciones se congelaran sin compromisos verificables, Rusia conservaría territorio y Ucrania enfrentaría el riesgo de otra ofensiva. Si, por el contrario, las garantías resultaran creíbles, Kiev ganaría tiempo para reconstruirse, aunque al costo de una división territorial prolongada, quizá permanente.

Las pérdidas económicas permiten medir lo que significa esa disyuntiva. El producto ucraniano cayó cerca de 29% en 2022 y, pese a la recuperación posterior, en 2025 permanecía alrededor de 21% por debajo del nivel de 2021.

La evaluación conjunta del Banco Mundial, la ONU, la Comisión Europea y el gobierno ucraniano calcula daños directos por 195,000 millones de dólares y necesidades de reconstrucción por casi 588,000 millones durante la próxima década, cerca de tres veces el PIB de 2025.

El cese de las hostilidades no devolvería automáticamente la infraestructura, la población desplazada ni el capital perdido, esto sin considerar la mayor pérdida expresada en vidas humanas.

Según estimaciones del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés) hasta junio de 2026 habrían muerto entre 400,000 y 450,000 militares rusos y entre 125,000 y 150,000 ucranianos, además de más de 17,000 civiles cuya muerte había sido verificada por la ONU hasta septiembre.

En The Ukraine War & the Eurasian World Order, el politologo Glenn Diesen sitúa la guerra dentro de la transformación del orden euroasiático. De su revisión rescato la relación entre seguridad, energía, comercio y sistemas financieros.

Su interpretación resulta menos convincente cuando concede poco espacio a las decisiones de Ucrania y a la responsabilidad de Rusia por la invasión. Europa, por su parte, tendría que sostener la reconstrucción y reforzar su defensa en un contexto de presiones fiscales y disputas sobre migración y gasto social. Una tregua podría reducir las muertes, pero no eliminaría esos costos.

BRASIL: UNA DERROTA ELECTORAL Y UNA OPORTUNIDAD DESPERDICIADA

La paradoja brasileña comienza con las elecciones presidenciales del 25 de octubre de 2026. Flávio Bolsonaro perdió frente a Lula da Silva por un margen relativamente estrecho.

El Tribunal Superior Electoral atribuyó a Lula 64.26 millones de votos, 51.79%, frente a 59.83 millones, 48.21%, de Flávio Bolsonaro. La diferencia fue de 4.43 millones de votos. Una oposición que conserva casi la mitad del electorado no está derrotada definitivamente, aunque tampoco tiene asegurado su regreso.

Lo sorprendente vino después. En lugar de permanecer en Brasil y encabezar una oposición competitiva, Flávio Bolsonaro salió intempestivamente del país y llegó a Miami el 28 de octubre, apenas tres días después de perder las elecciones, dejando escapar una oportunidad política.

El antecedente de su padre resulta difícil de ignorar. Jair Bolsonaro también viajó a Florida después de perder las elecciones de 2022, cuando obtuvo 49.1% de los votos frente al 50.9% de Lula. Posteriormente regresó a Brasil y terminó condenado por su participación en un intento de golpe de Estado. Actualmente cumple una pena de prisión. Cuatro años después, su hijo parece haber elegido un camino semejante, aunque las circunstancias son distintas.

Mi lectura es que Flávio desperdició una oportunidad histórica. Con casi 60 millones de votos, tenía suficiente capital para convertirse en el principal dirigente de oposición.

En un análisis contrafactual cabe preguntarse qué habría sucedido de permanecer en Brasil. Quizá habría ido a la cárcel, pero también habría podido convertir esa circunstancia en una bandera política y trascender como un héroe o mártir, en lugar de exponerse a ser visto como un cobarde que huye a Estados Unidos en busca de protección.

Quizá pensó en aquel proverbio atribuido a la tradición macedonia: “Un soldado que huye conserva la posibilidad de ser héroe en otras batallas”. El problema es que las batallas políticas también se pierden cuando se abandona el terreno.

La reelección de Lula para un cuarto mandato no resuelve los problemas que acarrea Brasil y muy probablemente los agrave. En su consulta de julio de 2026, el FMI proyectó un crecimiento de 2.4% para ese año y de 2.2% para 2027. Calculó un déficit del gobierno general de 8.2% del PIB en 2026 y de 7.0% en 2027. La deuda bruta alcanzaría 97.8% y 100% del PIB, respectivamente.

Este escenario describe un margen fiscal muy estrecho, agravado por el hecho de que Brasil no ha recuperado el grado de inversión que perdió en 2015, hace más de once años.

Aunque Lula no fue responsable de aquella pérdida, tampoco ha logrado revertirla durante su actual mandato, lo que mantiene una prima de riesgo elevada y encarece el servicio de la deuda.

El costo de intereses, la rigidez del gasto y el envejecimiento gradual de la población obligarán a conciliar protección social, inversión y sostenibilidad presupuestaria.

Según el FMI, los intereses de la deuda representarían alrededor de 10% del PIB en 2026, mientras que las prestaciones de pensiones absorberían otro 8.4%.

Ambos conceptos equivaldrían, en conjunto, a más de 18% del producto. La presión fiscal no proviene exclusivamente del gasto social, sino también del costo de financiar una deuda creciente, en una economía cuyo crecimiento difícilmente compensará esas obligaciones.

Bolsonaro no representaba por sí mismo una garantía de disciplina fiscal, pero considerando la respuesta de los mercados el lunes 26 de octubre, cuando el Ibovespa cayó 13.88%, sí generaba mejores expectativas a los inversionistas que la política de gasto insaciable de Lula.

El riesgo está en ofrecer soluciones que no correspondan con las restricciones presupuestarias que ya enfrenta el país. Para México resulta útil observar el caso brasileño como muestra de lo que no se debe hacer.

También conviene dimensionar la relación bilateral. El intercambio entre México y Brasil alcanzó 15,992 millones de dólares en 2025, equivalentes a aproximadamente 1.2% de nuestro comercio total. Es significativo para América Latina, pero marginal frente a la integración norteamericana. Ese mismo año, alrededor de 83% de las exportaciones mexicanas se dirigió a Estados Unidos y 3% a Canadá.

Además, Pew Research estimó 37.2 millones de residentes de origen mexicano en Estados Unidos en 2021, de ellos 10.7 millones nacidos en México. Nuestra geografía económica y humana está principalmente al norte; la afinidad política con Brasil no sustituye esa realidad.

VENEZUELA: LA APERTURA PETROLERA ANTES DE LA ALTERNANCIA

El regreso de Corina Machado a Venezuela plantea otra incógnita. Su prestigio internacional ha sido cuestionado desde que acudió a Washington y su capacidad para transformar el país está por verse.

No existe una elección presidencial próxima que permita afirmar que ganaría hoy, incluso si la hubiera y triunfara, se encontraría con un sector petrolero que ya comenzó a modificarse bajo el gobierno de Delcy Rodríguez.

La reforma de hidrocarburos aprobada en enero de 2026 abrió nuevas modalidades de participación privada y comercialización de crudo. Estableció regalías de hasta 30% y un impuesto integrado de hasta 15% sobre ingresos brutos.

Es una ruptura importante con el modelo de control estatal del chavismo, aunque la discrecionalidad para fijar condiciones puede afectar la certidumbre del inversionista. Machado ofrecería mayores garantías institucionales y una transición democrática, pero la apertura a la inversión extranjera, que pudo haber sido una de sus principales propuestas económicas, ya no sería una novedad exclusiva de su eventual gobierno.

Las cifras permiten apreciar el salto adelante. El 17 de octubre, Rodríguez anunció acuerdos que podrían movilizar hasta 76,000 millones de dólares en cinco años, incluidos 17 campos y planes para operar 250 equipos de perforación.

Venezuela producía alrededor de 1.2 millones de barriles diarios en septiembre, muy por debajo de los más de tres millones alcanzados en la época de Carlos Andrés Pérez.

El FMI proyecta crecimiento real de 4% en 2026. La recuperación de 2027 dependerá de las nuevas inversiones, producción adicional y reglas establecidas.

El posible efecto sobre México llama la atención, pues las refinerías estadounidenses de la costa del Golfo tienen capacidad para procesar crudos pesados, y una recuperación venezolana podría intensificar la competencia por ese mercado.

No significa que automáticamente Venezuela sustituirá a México: importan las características del petróleo, los contratos, las sanciones y la logística, pero la tendencia en la producción mexicana obliga a considerar este escenario.

Las estadísticas mexicanas registraron una producción de crudo de 1.336 millones de barriles diarios en agosto de 2026, frente a los 3.383 millones de 2004. Si se incluyen condensados, la producción diaria alcanzó 1.637 millones de barriles en agosto de 2026.

LA LECCIÓN PARA MÉXICO

Si la guerra terminara mañana, Ucrania seguiría enfrentando la ocupación de parte de su territorio y una reconstrucción estimada en 588,000 millones de dólares.

Para México, la lección consiste en reducir su vulnerabilidad ante conflictos internacionales, fortaleciendo su seguridad energética y diversificando proveedores, sin debilitar su integración productiva con América del Norte.

En Brasil, la reelección de Lula no elimina un déficit fiscal previsto de 8.2% del PIB para 2026, mientras que en Venezuela, los 76,000 millones de dólares de inversión petrolera anunciada todavía deben convertirse en producción efectiva.

Para México, las prioridades son, a mi juicio, al menos dos:

  1. Preservar la integración norteamericana, destino de aproximadamente 86% de nuestras exportaciones, y fortalecer las finanzas públicas, protegiendo la inversión productiva.
  2. Recuperar la capacidad energética mediante exploración, rehabilitación de campos maduros, tecnología y esquemas de inversión con resultados verificables. La producción de crudo cayó de 3.38 millones de barriles diarios en 2004 a 1.34 millones en agosto de 2026. Revertir esta tendencia permitiría recuperar producción, fortalecer el abastecimiento y reducir las presiones fiscales.

*Economista

Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan la opinión del IMEF.

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