El crecimiento fue fuerte y superó las expectativas. También compensó la caída de 0.6% registrada en el primer trimestre. Pero una cifra positiva, incluso una de esta magnitud, no basta para establecer que la economía haya entrado en una recuperación sostenida. La pregunta relevante es cuánto de ese crecimiento puede repetirse.
Las primeras señales aconsejan cautela. El Indicador Oportuno de la Actividad Económica estimó para junio un avance mensual cercano a 0.2%. La cifra sigue siendo positiva, pero apunta a que el crecimiento pudo haberse concentrado en los primeros meses del trimestre y haber perdido fuerza hacia el cierre.
La distinción importa. Una economía puede crecer con fuerza durante unos meses sin haber corregido las debilidades que frenan su avance. También puede recibir estímulos temporales que elevan la actividad, pero desaparecen antes de convertirse en inversión, empleo o productividad. El segundo trimestre ofrece razones para celebrar. No ofrece todavía suficientes razones para extrapolar.
El Mundial forma parte de esa cautela. El torneo probablemente dio soporte al turismo, al comercio, al transporte y a otros servicios en las ciudades sede. Parte del gasto asociado comenzó incluso antes del primer partido, mediante obras, equipamiento, publicidad y preparación logística. Su contribución exacta al PIB todavía no puede aislarse con los datos disponibles.
Además, el segundo trimestre solo incorporó las primeras semanas del evento, por lo que una fracción de su impacto aparecerá en las cifras de julio. No conviene atribuir todo el crecimiento al futbol. Tampoco conviene ignorar que se trata de un estímulo extraordinario y con fecha de caducidad. El verdadero examen comenzará cuando la economía tenga que sostener su ritmo sin ese impulso adicional.
La inversión ofrece una lectura igualmente ambigua. En abril, la inversión fija bruta rompió una racha de diecinueve caídas anuales y registró un aumento considerable. Sería un error minimizar esa mejora. También sería prematuro declararla un cambio de tendencia. El nivel de inversión permanece por debajo del máximo alcanzado en 2024 y parte del repunte pudo estar vinculado a construcción, maquinaria y gasto relacionados con el propio Mundial.
La pregunta no es si la inversión rebotó. Lo hizo. La pregunta es si seguirá creciendo cuando termine el impulso extraordinario y las empresas vuelvan a enfrentar las mismas dudas sobre demanda, comercio exterior, regulación y rentabilidad.
El consumo privado presenta una tensión parecida. El gasto de los hogares continúa dando soporte a la economía, pero su composición despierta dudas. Los bienes importados han ganado terreno frente a los producidos internamente y el crédito al consumo ha contribuido a sostener las compras.
Esa combinación puede prolongar la demanda, aunque transmite menos impulso a la producción nacional y no sustituye indefinidamente una expansión sólida del empleo y del ingreso laboral. La confianza del consumidor, además, lleva varios meses debilitándose en términos anuales.
Eso no implica necesariamente una caída inmediata del gasto, pero sí sugiere que los hogares perciben un entorno menos favorable del que describen las cifras agregadas del PIB.
Con ese punto de partida, una previsión de crecimiento cercana a 1.1% o 1.2% para 2026 sigue siendo razonable. No porque el segundo trimestre haya sido débil, sino porque resulta difícil repetirlo sin nuevos motores. El Fondo Monetario Internacional también ha revisado a la baja su pronóstico para México, reflejo de una combinación de menor impulso externo, cautela empresarial y restricciones internas.
Los próximos meses deberán responder tres preguntas. La primera es si el repunte
de la inversión sobrevive a los factores extraordinarios del segundo trimestre. La segunda, si la industria logra estabilizarse en medio de la reconfiguración que atraviesa la manufactura y de un entorno externo menos favorable. La tercera, si el consumo puede mantenerse sin una aceleración más visible del empleo y del ingreso de los hogares.
Existen riesgos al alza. El consumo podría resultar más resistente de lo previsto. El gasto asociado al Plan México podría apoyar a la construcción. La reorganización de cadenas productivas y la demanda ligada a tecnología podrían sostener las exportaciones. Ninguno de esos factores es menor. El problema es que, por ahora, todos representan posibilidades más que tendencias consolidadas.
El segundo trimestre no fue una ilusión. La economía creció, superó expectativas y recuperó con creces lo perdido al inicio del año. Sin embargo, una cifra fuerte no constituye por sí sola una recuperación. Para que el rebote se convierta en tendencia, la inversión tendrá que sostenerse
una vez concluido el Mundial, la industria deberá volver a expandirse y el consumo tendrá que apoyarse en ingresos más sólidos.
México recuperó velocidad. Todavía falta saber si encontró un motor.
El problema es que, por ahora, todos representan posibilidades más que tendencias consolidadas. El segundo trimestre no fue una ilusión. La economía creció, superó expectativas y recuperó con creces lo perdido al inicio del año. Sin embargo, una cifra fuerte no constituye por sí sola una recuperación. Para que el rebote se convierta en tendencia, la inversión tendrá que sostenerse, la industria deberá volver a expandirse y el consumo tendrá que apoyarse en ingresos más sólidos.
El segundo trimestre sacó a la economía del retroceso, pero no necesariamente del punto muerto. La economía mexicana volvió a avanzar, pero todavía no aparece un motor claro capaz de sostener el movimiento.
Una previsión de crecimiento cercana a 1.1% o 1.2% para 2026 sigue siendo razonable. No porque el segundo trimestre haya sido débil, sino porque resulta difícil repetirlo sin nuevos motores.
*Analista Económico.
Profesor
X: @deliyo
delia.paredesmi@anahuac.mx
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