El costo financiero de la deuda para 2027 se estima en alrededor de 4% del PIB, sobre un saldo cercano a 55% del PIB. Tomados como aproximación, esos números implican un costo efectivo cercano a 7.3%. Con el crecimiento que asume el propio paquete, entre 1.5 y 2.5% real, la economía crecería en términos nominales cerca de 6%.
Bajo esos supuestos, el superávit primario necesario para estabilizar la deuda ronda 0.7% del PIB. El programado para 2027 es 0.6%. La brecha que para 2026 rondaba un punto del PIB se reduce así a apenas una décima. Es una mejora importante.
El supuesto de crecimiento tampoco repite el optimismo de años anteriores.
El consenso de economistas encuestados por Banxico ubica el estimado en 1.8% para 2027, apenas dos décimas por debajo del punto medio oficial.
Es una de las menores distancias entre el supuesto de Hacienda y el consenso privado de los últimos años. En otras palabras, Hacienda cerró buena parte de la brecha entre lo que programa y lo que la aritmética fiscal exige.
Pero cerrar la brecha no es lo mismo que tener margen. El superávit primario de 0.6% del PIB no constituye un colchón: se encuentra apenas alrededor del nivel necesario para contener la dinámica de la deuda y depende, además, de supuestos sensibles.
Cada 100 puntos base adicionales en la tasa de interés elevarían el costo financiero en 37,900 millones de pesos, alrededor de 0.13% del PIB. Medio punto menos de crecimiento real reduciría los ingresos tributarios en unos 30,200 millones. Cualquiera de esas desviaciones consumiría una parte relevante del escaso margen disponible.
El paquete supone además que la tasa de referencia cerrará 2027 en 6%. Eso requiere que el ciclo de relajamiento monetario continúe pese a los riesgos geopolíticos, comerciales e inflacionarios que los propios Criterios reconocen. El equilibrio funciona siempre que casi todo salga según lo previsto.
Aun si se cumple el balance primario, la capacidad de reacción seguirá siendo limitada. El costo financiero supone 4% del PIB y el resto del gasto no programable otros 4.2%. A ello se suman compromisos con Pemex, CFE, IMSS e ISSSTE (8.7% del PIB), además del gasto en pensiones (4.5%).
Si le restamos a los ingresos (23.2% del PIB) estos compromisos, queda alrededor de 2.1% del PIB para financiar el resto de las prioridades presupuestarias. Si además se consideran los programas sociales y proyectos de inversión prioritarios del gobierno (otros 4 puntos del PIB), el espacio para absorber una caída inesperada de los ingresos, un mayor costo financiero o cualquier otro choque resulta inexistente.
Ese es un problema distinto al de solvencia inmediata. Una parte elevada del presupuesto está predeterminada antes de discutir nuevas prioridades. Por tanto, cuando cambian los ingresos o las condiciones financieras, el gobierno tiene relativamente pocas partidas sobre las cuales ajustar sin alterar programas, inversión o servicios públicos.
El problema fiscal de 2027 no es únicamente cuánto se gasta, sino cuánto de ese gasto puede realmente modificarse cuando las circunstancias cambian.
Hay, además, una pieza especialmente reveladora: Hacienda no proyecta que la deuda se estabilice en 2027.
Su propia trayectoria de mediano plazo muestra que la medida amplia de deuda (el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público) continúa aumentando después de ese año: pasa de 55.0% del PIB en 2027 a 56.5% en 2032.
La estabilización queda así desplazada hacia los años siguientes.
Para conseguirla, el superávit primario tendría que subir gradualmente desde 0.6% del PIB en 2027 a 0.7%, luego a 0.9% y finalmente a 1% del PIB. En otras palabras, la estrategia fiscal no descansa solamente en el ajuste previsto para el próximo año, sino en esfuerzos adicionales posteriores que no se explica con claridad de dónde provendrán.
Ahí está quizá la principal interrogante del paquete. Pasar de un superávit primario de 0.6% a uno de 1% del PIB puede parecer una diferencia pequeña, pero representa varios cientos de miles de millones de pesos
acumulados en un presupuesto cuyo espacio discrecional ya es limitado. Lograrlo requerirá mayores ingresos, menor crecimiento del gasto o alguna combinación de ambos. Suponer que ocurrirá no equivale a mostrar cómo ocurrirá.
El contraste con 2026 es, en cualquier caso, significativo. El Paquete Económico 2027 es más disciplinado que sus predecesores inmediatos
y reduce de manera considerable la distancia entre el balance primario programado y el requerido para contener la deuda.
Eso no significa que el problema fiscal esté resuelto. Significa algo más preciso: Hacienda ha llevado las finanzas públicas cerca del punto en que la dinámica de la deuda podría estabilizarse, pero lo ha hecho sin construir todavía un margen suficiente frente a shocks y dejando buena parte del esfuerzo para años posteriores.
La aritmética de 2027 casi cuadra. La sostenibilidad de mediano plazo dependerá de algo más difícil: demostrar que el ajuste que hoy aparece en las proyecciones puede efectivamente ejecutarse, bajo los objetivos y las prioridades actuales.
*Analista Económico.
Profesor
X: @deliyo
delia.paredesmi@anahuac.mx
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