El Mundial 2026 dejó dinero en México. Eso no está a discusión. Hubo hoteles llenos, mayor consumo turístico, Fan Fests abarrotados, activaciones comerciales, empleos temporales y cifras suficientemente grandes como para sostener varios comunicados optimistas.
Moody’s había proyectado que México sería el país relativamente más beneficiado entre las tres coanfitriones, con un impacto estimado de 0.14 puntos porcentuales del PIB, frente a 0.08 puntos para Canadá y un mucho más modesto 0.05 para Estados Unidos. Visto desde la macroeconomía, el número es atractivo. Visto desde el comercio local, la historia es bastante más compleja.
El problema, como ocurre con frecuencia en este país, no es la existencia de la derrama. Es su distribución.
El 5 de julio, con la eliminación de México ante Inglaterra por marcador de 3-2 en octavos de final, se apagó también una parte importante del motor emocional que venía impulsando el consumo doméstico. Durante varias semanas, el país operó bajo la gasolina psicológica del “¿y si sí?”.
Bares, restaurantes, tiendas de conveniencia, plataformas de entrega, venta de camisetas, alimentos, bebidas y artículos temáticos se beneficiaron de ese optimismo colectivo. Pero ese tipo de consumo tiene una fragilidad evidente: depende del ánimo, de la expectativa y, en este caso, de que once personas sigan corriendo detrás de una pelota con la camiseta correcta.
Cuando terminó el sueño deportivo, terminó también una parte del pretexto económico.
EL PROBLEMA NO FUE LA DERRAMA, SINO LA RETENCIÓN DEL VALOR
Conviene separar dos conceptos que suelen mezclarse en la conversación pública: valor generado y valor retenido. El Mundial generó valor, sí. Pero una cifra agregada no distingue entre quién vendió más, quién solo cambió el día de venta, quién perdió clientes por restricciones de movilidad y quién únicamente sirvió como escenografía urbana para que el evento luciera más atractivo.
Ése es el punto central.
La teoría del multiplicador económico sugiere que un peso gastado en una economía local puede circular varias veces antes de salir del sistema. En condiciones ideales, el turista consume en hoteles, restaurantes, transporte, comercios y servicios; esos negocios pagan salarios, compran insumos y reinyectan parte del ingreso en su entorno.
El problema es que los grandes eventos globales rara vez operan en condiciones ideales. Operan con perímetros, patrocinios exclusivos, zonas controladas, restricciones de marca y cadenas de suministro previamente integradas.
El dinero entra, pero no necesariamente rebota donde más se necesita.
Una parte relevante de las rentas extraordinarias probablemente fue capturada por patrocinadores globales, operadores autorizados, cadenas formales y negocios ubicados dentro de los corredores de mayor poder adquisitivo.
Mientras tanto, muchos pequeños comercios enfrentaron costos indirectos: cierres, vallas, cambios en flujos peatonales, restricciones logísticas, inventarios temáticos y dependencia de un consumo emocional difícil de sostener.
La derrama existió, pero no todos jugaron con la misma cancha.
TRES SEDES, TRES HISTORIAS, UN PATRÓN COMÚN
Ciudad de México: la sede que sí pudo absorber el gasto. Fue el gran centro de captación económica. Con cifras reportadas superiores a 22,000 millones de pesos, millones de visitantes, alta ocupación hotelera y decenas de miles de empleos temporales, la capital mostró la cara más exitosa del modelo.
Pero también hay que decirlo con precisión: la Ciudad de México ya tenía las condiciones para capturar ese gasto. Corredores como Reforma, Polanco, Centro Histórico, Roma-Condesa y zonas cercanas al Estadio Ciudad de México cuentan con infraestructura turística, conectividad, oferta gastronómica, hotelería y servicios financieros suficientes para absorber consumo nacional e internacional.
No fue solo magia mundialista. Fue capacidad instalada.
El evento potenció una estructura económica que ya existía. Y ésa es una diferencia importante: donde hay infraestructura, marca ciudad y tejido comercial formal, la derrama encuentra canales de absorción. Donde no los hay, la derrama puede pasar de largo.
Guadalajara: la contradicción más visible. Esta ciudad representa el caso más incómodo. En el agregado, la derrama estimada se ubicó en un rango relevante. Sin embargo, diversos reportes del comercio local señalaron afectaciones importantes en el Centro Histórico, especialmente por los perímetros asociados a zonas de seguridad y operación del Fan Fest.
Aquí aparece una tensión central: las medidas logísticas necesarias para organizar un evento global pueden convertirse, sin una política comercial compensatoria, en barreras económicas para los negocios establecidos.
Una valla no solo ordena multitudes; también puede interrumpir flujos de clientes. Un perímetro no solo protege una marca; también puede aislar a comercios que llevan años pagando renta, impuestos y empleo local.
El caso tapatío muestra que una ciudad puede reportar derrama positiva y, al mismo tiempo, tener sectores enteros que pierden ventas. Ambas cosas pueden ser ciertas. Y justo por eso los promedios agregados son peligrosos cuando se usan como única medida de éxito.
Monterrey: concentración en microzonas. La capital de Nuevo León mostró un patrón similar: la derrama se concentró en espacios específicos, principalmente zonas de entretenimiento, Fan Fest , corredores turísticos y puntos de alta afluencia. Fuera de esas microzonas, distintos establecimientos reportaron un comportamiento menos favorable.
Esto no debería sorprender. El consumo de grandes eventos tiende a concentrarse cerca de los puntos de atracción. El reto de política económica no es negar esa concentración, sino diseñar mecanismos para ampliar sus beneficios: rutas comerciales, señalización, integración de proveedores locales, incentivos temporales, movilidad inteligente y activaciones que no dependan únicamente del perímetro oficial.
Si el visitante solo se mueve entre aeropuerto, hotel, estadio y Fan Fest, texto la ciudad no recibe una derrama plena. Recibe una derrama encapsulada.
EL APAGÓN POST ELIMINACIÓN: ECONOMÍA DE COMPORTAMIENTO EN VIVO
La eliminación de México frente a Inglaterra fue también un experimento involuntario de economía del comportamiento.
Durante la fase de grupos y las rondas previas, el optimismo deportivo impulsó decisiones de consumo anticipado: reuniones familiares, compra de bebidas, alimentos, pantallas, camisetas y artículos promocionales. No se trató únicamente de consumo racional. Fue gasto de identidad. La gente no compraba solo cerveza o botanas; compraba pertenencia, esperanza y el derecho emocional a decir “ahora sí”.
Pero el consumo basado en identidad colectiva es volátil. En cuanto desaparece el relato, cae el incentivo.
Por eso, varios comercios enfrentaron el problema clásico de una demanda sobreestimada: inventarios adquiridos bajo un escenario optimista que dejó de existir en noventa minutos. Camisetas, banderas, artículos decorativos y promociones diseñadas para una selección en cuartos o semifinales pasaron rápidamente de activo comercial a mercancía de liquidación.
Si tu modelo de ingresos depende de que la selección gane, no tienes un modelo de ingresos; tienes una apuesta con contabilidad.
LO QUE DEBERÍA APRENDERSE
1. La derrama agregada no basta como indicador de éxito. Debe medirse también la distribución sectorial, territorial y por tamaño de empresa.
2. Los perímetros comerciales son instrumentos económicos, no solo logísticos. Definen quién vende, quién circula, quién se expone y quién queda fuera.
3. El consumo emocional debe tratarse como ingreso extraordinario, no como tendencia estructural. Sirve para capturar oportunidades, pero no para planear negocios sostenibles.
4. Las Mipymes necesitan integración deliberada, no esperanza espontánea. Si no se diseñan mecanismos para incluirlas, la derrama tenderá a concentrarse en quienes ya tenían ventaja.
LA PREGUNTA PARA EL SIGUIENTE GRAN EVENTO
México puede y debe competir por eventos internacionales. Tienen valor económico, turístico, reputacional y urbano. Pero el objetivo no debería limitarse a llenar hoteles, vender boletos y presumir cifras de consumo. El verdadero reto es diseñar eventos donde el comercio local no sea solo parte del paisaje, sino parte del modelo económico.
Por lo tanto, la pregunta para el próximo evento no debería ser únicamente: ¿Cuánta derrama vamos a generar? Esa pregunta ya suele tener respuesta antes de que empiece el torneo. La pregunta importante es: ¿Quién va a capturar esa derrama?
Porque si la derrama solo se mide por cuánto dinero entró, México puede presumir éxito. Pero si se mide por cuánto valor se quedó realmente en la economía local, entonces el Mundial dejó una pregunta bastante incómoda: ¿Quién jugó de local y quién terminó pagando boleto para ver cómo otros hacían negocio?
*Estratega financiero con más de 20 años de experiencia en estructuración de capital, project finance y modelación de escenarios en sectores de infraestructura, energía e inmobiliario. Ha liderado procesos de financiamiento estructurado por más de 21 mil millones de pesos en proyectos de Asociaciones Público-Privadas (APP), dirigido negociaciones con banca e inversionistas institucionales; también ha desarrollado modelos financieros para comités de crédito e inversión. Actualmente se desempeña como consultor independiente en estrategia financiera y soporte a la toma de decisiones directivas.
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan la opinión del IMEF.
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