La guerra en Ucrania dejó de ser únicamente un conflicto militar para convertirse en una prueba de resistencia fiscal, energética y geopolítica para Rusia, Occidente y, en menor medida, para economías emergentes como México. La discusión ya no gira solo en torno a quién conquista el territorio, sino sobre qué modelo económico puede sostener una competencia prolongada sin deteriorarse internamente.
RUSIA EN FASE DE DESGASTE
Durante 2025 y 2026 comenzaron a aparecer señales más claras de desgaste en la economía rusa: el crecimiento para 2026 pasó de 1.3% a 0.4%, muy por debajo de los niveles necesarios para sostener una expansión económica de largo plazo.
Además, la caída de ingresos petroleros, el aumento del gasto público y la presión sobre las finanzas públicas muestran que la economía de guerra tiene límites; no significa un colapso inmediato de Rusia, pero sí una pérdida gradual de su capacidad económica para sostener un conflicto largo sin afectar al resto de su aparato productivo.
El problema central es que Moscú enfrenta una contradicción difícil de resolver. Reducir el gasto militar implica perder capacidad operativa en Ucrania, pero mantenerlo obliga a recortar gasto civil en una economía que ya muestra señales de desaceleración. La alternativa ha sido aumentar impuestos, en un contexto de inflación cercana al 8%, y ampliar la colocación de deuda en yuanes, lo que refleja la presión.
A esto se suma la escasez de mano de obra, derivada tanto de la movilización militar como de factores demográficos previos a la guerra. La política monetaria restrictiva del Banco Central ruso que mantiene su tasa de referencia en 16.5%, también comenzó a frenar inversión y consumo. El resultado es una economía cada vez más dependiente del gasto militar para sostener la actividad productiva.
El debate sobre Rusia como potencia global suele mezclar dos conceptos distintos: capacidad de disrupción y de liderazgo económico. Analistas como Alfredo Jalife o Daniel Estulin sostienen que el orden unipolar encabezado por Estados Unidos terminó y que Rusia forma parte de un nuevo bloque euroasiático ascendente al que pertenecen los BRICS.
En parte tienen razón pues el sistema internacional ya no funciona bajo la lógica de dominio absoluto de Washington que existía después de la caída de la URSS en diciembre de 1991. Sin embargo, eso no convierte ni cercanamente a Rusia en potencia hegemónica, sino en un socio menor o «junior partner» de un bloque emergente.
Una hegemonía requiere capacidad para fijar reglas económicas, tecnológicas y financieras globales. Rusia conserva arsenal nuclear, influencia energética y capacidad militar suficiente para alterar decisiones internacionales, pero carece de una economía productiva comparable con la de Estados Unidos o China.
Su PIB es menor al de varias economías europeas y depende de exportaciones de materias primas. La guerra fortaleció su papel como actor de veto y desestabilización, pero también profundizó su dependencia de China para colocar petróleo, importar tecnología y sostener parte de su comercio exterior.
La Guerra Fría original enfrentó a Estados Unidos y la Unión Soviética como modelos ideológicos y militares rivales. La disputa contemporánea es menos visible en términos ideológicos, pero potencialmente más profunda en términos económicos.
CHINA EL ÚNICO COMPETIDOR REAL Y TAIWÁN EL VERDADERO CENTRO DE LA DISPUTA
El verdadero desafío estratégico para Washington proviene de China que sí cuenta con escala industrial, capacidad tecnológica, dominio sobre cadenas de suministro y un mercado interno suficientemente grande para competir con Estados Unidos en sectores clave. El crecimiento proyectado para 2026 ronda 4.5%, lejos del dinamismo de décadas anteriores, pero por encima de economías desarrolladas.
Historiadores y analistas como Frank Dikötter sostienen que China enfrenta contradicciones internas comparables, en algunos aspectos, con las que sufrió la Unión Soviética antes de su colapso. Exceso de deuda local, deterioro demográfico, desempleo juvenil y dependencia tecnológica en semiconductores avanzados representan vulnerabilidades reales. La diferencia es que China está integrada al comercio global y posee herramientas de control político y financiero que la URSS nunca tuvo.
Para el historiador Niall Ferguson, el futuro del equilibrio global se juega alrededor de Taiwán. La isla no es únicamente un punto geográfico; concentra parte crítica de la producción mundial de semiconductores avanzados y funciona como símbolo de la credibilidad militar estadounidense en Asia.
Los ejercicios de simulación realizados por Hoover Institution y otros centros de análisis coinciden en un punto: sin apoyo de Estados Unidos, Taiwán tendría pocas posibilidades de resistir una presión militar o un bloqueo prolongado de China. texto El costo económico global sería enorme, especialmente para industrias relacionadas con inteligencia artificial, automóviles y electrónica.
Por eso, para Ferguson, la discusión sobre Taiwán también está vinculada con el dólar. texto La hegemonía financiera estadounidense no descansa únicamente en el tamaño de su economía o en la profundidad de sus mercados financieros, sino también en la capacidad de Estados Unidos para sostener alianzas militares, garantizar rutas marítimas y preservar un entorno relativamente estable para el comercio global.
Desde 1945, buena parte de la arquitectura comercial y financiera internacional se construyó alrededor de esa combinación de poder económico y respaldo estratégico, por lo que una pérdida de credibilidad militar estadounidense en la región no implicaría el fin del sistema dólar, pero sí podría acelerar la diversificación de mecanismos de pago y comercio en Asia.
Entre ellos destacan el sistema chino CIPS (versión China del sistema de pagos interbancarios SWIFT), para pagos transfronterizos en yuanes, acuerdos bilaterales en monedas locales, iniciativas financieras impulsadas por BRICS y el desarrollo del yuan digital. El punto central no es que el dólar vaya a desaparecer, sino que una retirada estadounidense del Indo-Pacífico podría debilitar gradualmente el carácter incuestionable del sistema financiero internacional construido bajo liderazgo estadounidense.
¿CHINA GANÓ LA SEGUNDA GUERRA FRÍA?
La visión de que China y Rusia ganaron la segunda guerra fría se basa en un marco geopolítico que llamaré clásico: control de recursos, territorio, energía nuclear e influencia en Eurasia, lo que según Jalife y Estulin les da capacidad de romper el orden financiero emanado de Bretton Woods.
China avanzó en comercio, manufactura, infraestructura y financiamiento internacional. Construyó plataformas como la Iniciativa de la Franja y la Ruta y fortaleció mecanismos alternativos dentro de BRICS. También logró reducir parcialmente la dependencia global del dólar en ciertas operaciones energéticas y comerciales.
Pero ganar una guerra fría implica algo más que crecer rápido, supone convertir el propio modelo político y económico en referencia dominante para otros países. Ahí China enfrenta dificultades. Europa, India y buena parte del sudeste asiático buscan comerciar con Beijing, pero no desean quedar subordinados a su sistema político.
Estados Unidos conserva ventajas difíciles de reemplazar hasta el día de hoy: liderazgo en innovación, mercados financieros profundos, capacidad militar global, la moneda de reserva internacional y un marco institucional que todavía ofrece certidumbre jurídica y financiera a escala global.
El orden unipolar se debilitó, pero no desapareció. Lo que emerge es una competencia prolongada entre dos grandes potencias económicas por definir las reglas del siglo XXI, mientras Rusia intenta conservar influencia estratégica desde una posición militarmente relevante, pero económicamente limitada.
MÉXICO: ESPECTADOR PARCIAL DE UNA DISPUTA GLOBAL
México no participa directamente en la disputa entre Washington, Beijing y Moscú, pero tampoco es ajeno a sus efectos. La fragmentación de cadenas productivas abrió oportunidades para la relocalización de industrias hacia América del Norte. Sin embargo, la ventaja geográfica por sí sola no garantiza resultados permanentes. Países como Vietnam, India o Polonia compiten agresivamente por atraer manufactura avanzada.
México enfrenta tres retos importantes: mejorar su infraestructura logística, reducir su vulnerabilidad energética y fortalecer la certidumbre jurídica y regulatoria, porque en un entorno de competencia global por capital, los inversionistas valoran estabilidad regulatoria y certidumbre contractual. Cuando el costo de capital aumenta por percepción de riesgo institucional, parte de la ventaja salarial desaparece.
NO HAY DOMINIO ABSOLUTO
El sistema internacional ya no funciona bajo la lógica de dominio absoluto que siguió al fin de la Guerra Fría. Estados Unidos continúa siendo la única potencia con capacidad global integral, pero enfrenta desgaste fiscal, polarización interna y competencia creciente de China, el único país capaz de disputar influencia global a Washington, en tanto que Rusia conserva capacidad militar y nuclear suficiente para alterar decisiones estratégicas, pero no posee las bases económicas necesarias para convertirse en potencia hegemónica.
El resultado no es un nuevo orden dominado por Moscú o Beijing, sino un sistema más fragmentado, más costoso y menos estable, donde Estados Unidos y China compiten por definir las reglas principales del siglo XXI, mientras Rusia intenta conservar influencia estratégica dentro de un equilibrio internacional todavía incierto.
El desenlace dependerá de una combinación de capacidad tecnológica, fortaleza económica, innovación, estabilidad institucional y poder militar sostenido en el tiempo.
Rusia enfrenta límites fiscales y productivos cada vez más visibles; China conserva capacidad industrial extraordinaria, pero también acumula desequilibrios financieros, demográficos y tecnológicos que podrían condicionar su expansión.
*Doctor en Economía y profesor del posgrado en Economía de la UNAM.
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan la opinión del IMEF.
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