Retos en un entorno global cambiante 

2026 no traerá una recesión global, pero sí un entorno exigente y sin espacio para relajarse. Será un año incómodo: crecimiento contenido, más riesgos políticos y una revolución tecnológica cuyo impacto real todavía no termina de asentarse. La economía avanza, pero entre dudas, con gobiernos que toman decisiones cada vez más arriesgadas para sostener un ritmo que ya muestra señales de agotamiento. Todo esto ocurre mientras la inflación se niega a volver a las metas, la política fiscal se afloja y la geopolítica sigue recordando que el mundo no ha recuperado la estabilidad de otras épocas.
Por Delia Paredes Mier
En Estados Unidos, Donald Trump, que está perdiendo popularidad y control sobre su propio movimiento, busca reemplazar a Jerome Powell, presidente de la Fed, por un candidato de credenciales antiinflacionarias moderadas. No es solo un relevo personal: es un mensaje sobre quién controlará al banco central más influyente del planeta.

La discusión dejó de centrarse en “cuánto” mover la tasa y se desplazó hacia algo más delicado: la independencia de la Fed. De esa credibilidad dependen las expectativas de inflación global, el comportamiento de los mercados y el nivel de las tasas largas en prácticamente todo el sistema financiero internacional.

La política económica global apunta en la misma dirección: más gasto y más estímulos, aun en un contexto de inflación elevada.

Europa se rearma, Japón relanza programas fiscales y Estados Unidos discute nuevas transferencias a los hogares. La Reserva Federal y Banxico reanudaron los recortes, mientras que el ECB y el Banco de Japón permanecen en pausa a pesar de inflaciones que avanzan lentamente. El resultado es un mundo con tasas largas más altas que las de la década pasada, sostenidas por inflación terca, mayor incertidumbre y déficits fiscales que poco a poco se vuelven más difíciles de justificar.

IMPULSO LIMITADO
En este entorno, el crecimiento global entra a 2026 con impulso limitado. La economía ya se enfriaba en 2025 y no hay un motor claro a la vista. La única fuente potencial de alivio sería una posible paz entre Rusia y Ucrania que aliviaría presiones energéticas y logísticas. Sería un respiro temporal: no cambiaría la tendencia de fondo de bajo crecimiento, pero sí daría oxígeno a sectores clave en Europa y una oportunidad para que la inflación continúe moderándose, aunque de manera desigual.

La inflación subyacente también ha perdido tracción. En Estados Unidos, los servicios comienzan a moderarse, pero los bienes vuelven a presionar al alza debido a aranceles más altos, restricciones migratorias y el salto en demanda eléctrica provocado por la inteligencia artificial.

En Europa, la inflación subyacente ronda 2.4%, pero con enormes diferencias entre países; Japón solo ha cedido parcialmente desde su pico; y los países emergentes registran cifras “bajo control”, aunque no necesariamente dentro de sus metas formales. Esta mezcla hace que la política monetaria sea cada vez más condicionada. La Fed enfrenta el dilema de proteger el empleo en un año político o endurecer nuevamente y arriesgar una desaceleración más marcada, todo mientras podría cambiar de liderazgo en 2026.

La inteligencia artificial es, por ahora, el principal motor del optimismo. Sin la ola de inversión en centros de datos, transmisión eléctrica y supercomputadoras, Estados Unidos habría coqueteado con el estancamiento en 2025. Ese impulso seguirá en 2026, aunque con menos euforia bursátil y más presión sobre costos energéticos e infraestructura. Pero este motor convive con un freno poderoso: la ola arancelaria. Aranceles, fronteras más rígidas y políticas industriales defensivas ya distorsionan precios, desvían comercio y alimentan inflación.

El mundo ha demostrado capacidad de adaptación, pero la factura de mediano plazo —menor crecimiento potencial y más volatilidad— aún no llega.

En Europa, el estímulo alemán destinado a infraestructura y defensa, junto con un BCE más dispuesto a flexibilizar, podría dar algo de tracción en 2026. Aun así, el impulso se diluirá rápido: España regresará a tasas de crecimiento más normales, los aranceles estadounidenses afectarán sectores clave y los movimientos de tipo de cambio añadirán ruido. Japón, después de años intentando salir de la deflación, enfrenta ahora presiones salariales y cuellos laborales que anticipan una normalización monetaria más amplia de la que descuenta el consenso.

¿Y MÉXICO?
En este panorama global tibio, con inflación arriba de las metas y política fiscal expansiva, las economías dependientes de inversión externa entran a 2026 con una mezcla tensa de riesgos y oportunidades. México llega a este año sin un motor interno de crecimiento claramente definido. La demanda externa seguirá siendo el principal soporte de la actividad, mientras que el consumo privado podría recuperarse parcialmente. La inversión, especialmente en sectores intensivos en capital, probablemente permanecerá contenida durante buena parte del año por incertidumbre regulatoria, límites de infraestructura y dudas sobre el entorno institucional.

En este contexto, la revisión del TMEC en julio de 2026 se convierte en el punto crítico para el país. Una negociación exitosa no solo reduciría la incertidumbre comercial, sino que también abriría espacio para un crecimiento más cercano a 2%, apoyado en una mayor integración productiva y en la relocalización de cadenas de suministro. Pero ese escenario dependerá de señales internas claras: una implementación creíble de la reforma judicial, reglas estables en el sector energético y un entorno que dé certidumbre a la inversión de largo plazo. Sin esos elementos, el nearshoring seguirá siendo más narrativa que realidad.

La inflación probablemente continuará por encima del objetivo de Banxico durante buena parte de 2026. Habrá margen para recortes adicionales, pero limitado: relajar demasiado rápido podría desanclar expectativas, especialmente cuando la prima de riesgo institucional pesa casi tanto como el ciclo económico. En el plano fiscal, el espacio es reducido.

El déficit elevado, la baja recaudación y la carga de Pemex restringen la capacidad del gobierno para responder ante un choque sin deteriorar la sostenibilidad de las finanzas públicas.

CONDICIONES PARA LA INVERSIÓN
La economía global llega a 2026 cansada. México, con oportunidades, pero frenadas por factores tanto externos como internos. El mundo ya no regala estabilidad ni crecimiento automático. Los países que avancen deberían ser los que fortalezcan sus instituciones y envíen señales claras sobre las reglas del juego.

Para México, ese camino empieza por demostrar que sigue teniendo condiciones básicas para la inversión: certeza jurídica, reguladores estables y competencia efectiva. Con esas piezas, el nearshoring se convierte en flujo real de capital, no solo en narrativa. Las decisiones de inversión dependerán menos del ciclo y más de la credibilidad institucional que el país logre construir.

En un entorno de tasas largas más altas, costos energéticos crecientes y comercio más fragmentado, México solo podrá acercarse a crecimientos del orden de 2% si envía señales claras y el TMEC se renueva sin sobresaltos. Si alguno de estos elementos falla —credibilidad, certidumbre o integración comercial— el financiamiento será más caro y la volatilidad mayor.
*Analista económico y socia en TransEconomics, firma especializada en la gestión de activos alternativos y asesoría patrimonial.
X: @deliyo
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