Alrededor del 54.5% de la población ocupada trabaja en condiciones de
informalidad: más de 32 millones de personas. No son un sector marginal ni un residuo del sistema: son su columna vertebral en amplias zonas de la economía urbana.
Cualquier análisis del impacto del mundial que no los considere está midiendo, en el mejor de los casos, la mitad del fenómeno. Las tres ciudades sede en México —Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey— podrían recibir cerca de
800 mil visitantes adicionales vinculados al torneo. El dinero que gasten no seguirá un camino único ni ordenado hacia el sector formal. Una parte importante se filtrará hacia redes económicas informales y seminformales que operan en los márgenes del circuito turístico convencional: el puesto de tacos frente al estadio, el cuarto rentado por Airbnb en una colonia popular o el chofer de aplicación que trabaja sin contrato, entre otros.
Por esta realidad, este artículo intenta rastrear ese dinero a través del modelo insumo-producto, que si bien refleja, sobre todo,
las relaciones del sector formal, es un referente para estimar el impacto en la informalidad y dejar elementos para construir condiciones para que los microemprendimientos que el mundial active tengan alguna posibilidad de sobrevivir después del
pitazo final. TURISMO URBANO Y ECONOMÍA INFORMAL Hay algo en el turismo que lo hace particularmente poroso a la informalidad: la naturaleza misma de sus servicios. Comer, moverse por una ciudad desconocida, comprar un recuerdo, conseguir un lugar donde dormir;
necesidades básicas que no requieren de grandes estructuras empresariales para ser satisfechas.
Un trabajador con conocimiento local y disposición puede ofrecer todo eso y hacerlo bien, sin un Registro Federal de Contribuyentes (RFC) ni un establecimiento formal. Durante eventos de gran escala, este fenómeno se amplifica de forma visible.
Tres factores lo explican: 1. Barreras de entrada. Montar un puesto de comida o un servicio de transporte informal requiere inversiones mínimas frente a lo que supone operar un negocio formal. Eso permite que trabajadores independientes y microemprendedores entren al mercado rápidamente, sin necesidad de capital ni registros previos.
2. Concentración temporal de la demanda. Los megaeventos generan picos de consumo breves e intensos en zonas geográficas acotadas, lo que vuelve rentables servicios que en condiciones normales no lo serían.
3. Capacidad de adaptación. Responde a los cambios de demanda con una velocidad que el sector formal, con sus estructuras más rígidas, simplemente no puede igualar. Este es quizás el más relevante de los factores para entender por qué la economía informal sobrevive y prospera.
En las tres ciudades sede se prevé una expansión del comercio ambulante en zonas cercanas a estadios, servicios de movilidad informal, guías turísticos independientes, renta de habitaciones particulares y venta de alimentos en espacios públicos. No es un fenómeno nuevo ni espontáneo: es la economía urbana haciendo lo que siempre ha hecho, pero con una demanda inusualmente alta como catalizador.
Vale la pena separar el punto de las
plataformas digitales y la economía semiformal del alojamiento del resto, porque Airbnb y plataformas similares representan algo cualitativamente distinto a lo que suele entenderse como economía informal. No son puestos ambulantes ni servicios clandestinos; tienen precios publicados, reseñas visibles y, en muchos casos, operan dentro de marcos regulatorios al menos parciales. Sin embargo, tampoco son el sector hotelero formal.
Son algo intermedio, y esa ambigüedad tiene consecuencias económicas interesantes. En la Ciudad de México hay entre 26 mil y 30 mil alojamientos activos en plataformas de renta de corta estancia —una capacidad comparable con la oferta hotelera de segmento medio y bajo—. Durante el Mundial, una fracción significativa de los visitantes optará por esta modalidad, lo que implica que el ingreso turístico se distribuirá de forma más dispersa territorialmente: no solo en los corredores hoteleros del centro o Polanco, sino en colonias de clase media en Coyoacán, Doctores o Santa María la Ribera en la Ciudad de México.
Esa redistribución tiene un efecto real sobre el consumo local, porque
los huéspedes de Airbnb tienden a comprar en comercios del barrio, comer en restaurantes cercanos y usar servicios de proximidad más que los turistas alojados en grandes hoteles. El lado problemático de este modelo es que la línea entre lo formal e informal se vuelve muy borrosa. Muchos propietarios operan sin declarar la totalidad de sus ingresos, sin cumplir normativas de uso de suelo o sin pagar las contribuciones que sí paga el sector hotelero. Esto no significa que el impacto económico sea menor —el dinero circula de todas formas—, pero sí que el Estado captura menos de esa actividad, lo cual es relevante para cualquier evaluación de política pública.
EL MULTIPLICADOR REGIONAL Y EL MODELO INSUMO-PRODUCTO Existe una idea que a veces parece contraintuitiva, pero que es central en economía regional:
el peso económico de un visitante no equivale al dinero que trae en la cartera. Equivale a ese dinero multiplicado por todas las veces que circula antes de salir del sistema. Cada peso gastado en un restaurante paga en parte al cocinero, que lo gasta en el mercado, que lo paga al proveedor de verduras, que contrata un flete, y así sucesivamente.
A ese efecto de cascada se le llama multiplicador turístico. El mecanismo se descompone en
tres tipos de efectos: 1. Directos. Son los más obvios: gasto en alojamiento, transporte y alimentos.
2. Indirectos. Surgen cuando las empresas turísticas compran insumos a otros sectores.
3. Inducidos. Son tal vez los más difusos, pero no por eso menos reales: ocurren cuando los trabajadores que reciben ingresos del turismo los gastan dentro de la misma economía local. En economías urbanas diversificadas, el multiplicador resultante suele caer entre 1.5 y 2.0 (según Fletcher).
Para México, las estimaciones sectoriales apuntan a 1.65 en alojamiento, 1.70 en alimentos y bebidas, 1.55 en transporte y 1.60 en comercio y entretenimiento, números que resumidos se expresan como Y = G × m.
Para afinar esas estimaciones, la economía regional recurre al modelo insumo-producto de Leontief: ΔY = (I − A)⁻¹ × ΔD. La variable A representa la matriz de coeficientes técnicos entre sectores; ΔD, el cambio en la demanda final que produce el turismo. La matriz inversa de Leontief captura los encadenamientos productivos hacia atrás: cómo el aumento en la demanda de alojamiento activa la cadena de proveeduría de alimentos, energía y logística que lo sostiene.
Hay una limitación importante que no conviene omitir:
estas matrices reflejan, sobre todo, las relaciones del sector formal. Los encadenamientos que pasan por la economía informal (el proveedor mayorista que abastece al puesto ambulante, el agricultor que le vende a la cocinera sin contrato)
no quedan registrados, lo que hace que el modelo subestime sistemáticamente el impacto real en economías con alta informalidad.
FUGA ECONÓMICA Y SIMULACIÓN DEL IMPACTO Hay un
contrapeso al efecto multiplicador que los análisis optimistas del turismo tienden a minimizar:
la fuga económica, o tourism leakage. La idea es simple:
No todo el gasto de un turista se queda en el país anfitrión. Una parte se va en importaciones de los bienes que consume, otra en las utilidades que repatrían las aerolíneas y cadenas hoteleras extranjeras, una más en servicios producidos fuera de la región.
En economías abiertas esta fuga puede representar entre el 30 y 50% del gasto inicial. Para
México, con su apertura comercial y la presencia considerable de operadores transnacionales en el sector turístico, una estimación conservadora sitúa esa pérdida
en torno al 35%. Las cifras del escenario base ilustran bien la diferencia.
Partiendo de 800 mil visitantes con un gasto promedio de 2 mil 500 dólares, el gasto turístico directo asciende a 2 mil millones de dólares. Descontando la fuga del 35% (unos 700 millones), el
gasto que efectivamente permanece en la economía nacional baja a mil 300 millones. Sobre esa cifra, aplicando el multiplicador de 1.6, el impacto económico efectivo llega a aproximadamente 2 mil 80 millones de dólares.
Ignorar la fuga y aplicar el multiplicador sobre el total daría 3 mil 200 millones, un número más atractivo políticamente, pero que sobreestima el beneficio real para la economía doméstica. Por ciudad, la distribución refleja la concentración de partidos: •
Ciudad de México absorbería alrededor de 400 mil visitantes con un impacto total cercano a mil 600 millones de dólares.
•
Guadalajara contaría con 250 mil visitantes y un impacto próximo a mil millones.
•
Monterrey tendría 150 mil visitantes y unos 600 millones.
En términos del PIB estatal del sector servicios, eso equivale a cerca de 0.45% en Ciudad de México, 0.35% en Jalisco y 0.30% en Nuevo León. A escala nacional, el valor agregado generado representaría entre 0.11% y 0.14% del PIB, según la Secretaría de Turismo. No es una transformación estructural, pero tampoco es trivial: es el equivalente a un año adicional de crecimiento en los sectores involucrados.

Lo anterior también sugiere algo útil para la política pública:
reducir la tasa de fuga puede ser tan o más efectivo que aumentar el número de visitantes. Promover el consumo en establecimientos locales, fortalecer la cadena de proveeduría doméstica o revisar los esquemas de repatriación de utilidades de plataformas digitales internacionales son estrategias que incrementan el impacto real sin depender de más turistas. Vale la pena que los organismos de fomento turístico lo tengan en cuenta.
INFORMALIDAD: ¿ACTOR O FENÓMENO COLATERAL? El impacto económico del Mundial 2026 para México será, con alta probabilidad, mayor de lo que capturarán las estadísticas oficiales. Las estimaciones convencionales —basadas en el multiplicador y ajustadas por fuga— sitúan el
beneficio efectivo entre 2,000 y 2,500 millones de dólares. Pero esa
cifra excluye por definición todo lo que ocurre en la economía informal, que en México no es un margen sino una parte sustantiva del sistema. Dado que
más de la mitad de la fuerza laboral trabaja fuera del registro formal, ignorar ese canal no es un detalle técnico: es omitir el mecanismo de distribución más relevante para los hogares de menor ingreso. Si entre el 35 y 40% del gasto retenido circula a través de redes informales —lo cual es consistente con la estructura del mercado turístico mexicano— el ingreso transferido a trabajadores y microemprendedores fuera del registro podría situarse entre 450 y 500 millones de dólares. Invisible en las cuentas nacionales, pero real en las mesas de esas familias.
La informalidad, en este contexto, no es un problema para resolver antes del torneo. Es parte de la respuesta económica al evento. El reto más interesante —y más difícil— no es eliminarla, sino
construir condiciones para que los microemprendimientos que el mundial active tengan alguna posibilidad de sobrevivir después del pitazo final: acceso a crédito con acompañamiento institucional y una política turística que los vea como actores y no solo como fenómeno colateral.