2026: Sin brújula, sin árbitro y sin red

Cada principio de año, Eurasia Group —la consultora de riesgo político más influyente del mundo— publica su lista de riesgos globales. Sus análisis influyen en decisiones de inversión, estrategias corporativas y evaluaciones de gobiernos. Conviene leerlos porque este año el diagnostico, aunque no será el del colapso, sí es incómodo.
Por Delia Paredes Mier
El diagnóstico para 2026 es incómodo: el mundo ya no está en crisis, está en transición desordenada. No es una recesión ni una guerra global. Es la pérdida simultánea de anclas políticas, institucionales y estratégicas. El principal foco de riesgo no es China, ni Rusia, ni Medio Oriente. Es Estados Unidos.

Eurasia lo llama una revolución política interna. No un giro, no una excentricidad: una reconfiguración del poder. Trump desmantela contrapesos, politiza instituciones, usa el aparato del Estado para castigar disidencias y premiar lealtades. La frontera entre poder público e interés personal se borra. No es estilo. Es estructura. Cuando las reglas dependen del humor político, la inversión se encarece, el capital se esconde y la productividad se resiente. La prima de riesgo no avisa, cuando uno lo empieza a notar, ya está instalada.

Estados Unidos sigue siendo el mercado más profundo y líquido del mundo. El problema es que confiable ya no es el más y, en finanzas, la confianza no se recupera rápido. China avanza por otra pista. texto No gana la carrera del discurso, gana la de la infraestructura. Controla lo que Eurasia llama el electric stack: baterías, redes, paneles solares, motores, almacenamiento, vehículos eléctricos, drones. En síntesis: la columna vertebral física del siglo XXI. Washington apuesta a hidrocarburos. Beijing a electrones. Uno vende moléculas, el otro vende futuro.

Para los países emergentes, la elección es práctica, no ideológica. La infraestructura china es más barata, más rápida y escalable. Eso genera dependencia que tarde o temprano se convierte en poder.

Europa sobrevive. Francia es ingobernable, Alemania coquetea con la extrema derecha, el Reino Unido se fragmenta. El centro político europeo se deshilacha. Sin liderazgo fuerte, Europa no se reforma, no invierte, no sostiene a Ucrania y no compensa el retiro de Estados Unidos. En geopolítica, la debilidad se paga con irrelevancia.

Rusia ha leído bien el vacío y abre su “segundo frente”: sabotaje, ciberataques, drones, interferencia electoral, cables cortados, GPS bloqueado. La estrategia es desgastar sin declarar. La OTAN evalúa responder. Esto eleva el riesgo de errores de cálculo. En este tipo de entornos, un error pequeño se vuelve crisis grande.

En América Latina, la región vuelve a ser tablero. La “Doctrina Donroe” —la reinterpretación trumpista de la Doctrina Monroe—, presiona de Venezuela a México, pasando por Colombia, Panamá, Cuba y Nicaragua. Sanciones, amenazas, condicionamientos. Cada exceso de Washington empuja a los países a diversificar. Casi siempre, en dirección a China.

Para México, esto importa y mucho porque se combina con un TMEC frágil, funcional pero politizado, y con tensiones crecientes en temas como migración, seguridad, agua y soberanía. En un entorno donde la política exterior estadounidense se vuelve más transaccional y menos institucional, los tratados valen menos que la coyuntura.

China, además, enfrenta su propia trampa: deflación, sobrecapacidad industrial, demanda interna débil. Pero eso no la vuelve inofensiva, la vuelve más agresiva comercialmente. Exporta porque necesita y eso presiona a todos.

En paralelo, en Estados Unidos se empieza a perfilar algo inquietante: un capitalismo de Estado a la americana, donde la cercanía política pesa más que la eficiencia económica. Subsidios, contratos, protección, regulación… todo mediado por alineación. Eso distorsiona precios, asigna mal el capital y, a la larga, mina crecimiento.

Si uno conecta todos los puntos, el mensaje es claro: no hay adulto en la sala. Lo que Ian Bremmer, fundador de Eurasia Group, llama un mundo G-Zero: un mundo en el que ningún país o bloque tiene la capacidad, la legitimidad o la voluntad de liderar el sistema internacional. Antes, en el G7, Estados Unidos mandaba y Europa acompañaba. En el G20, al menos había coordinación. En la posguerra fría, había un “orden” con reglas, aunque imperfectas.

En el G-Zero, Estados Unidos está ensimismado en su política interna; Europa está fragmentada y debilitada; China es poderosa, pero no quiere —ni puede— cargar con el liderazgo global; Rusia juega a desestabilizar, no a construir. El resto sobrevive como puede.

En un mundo G-Zero, las crisis duran más, los conflictos se enquistan, la cooperación multilateral se vuelve excepción y cada país actúa en modo “sálvese quien pueda”. Es un mundo más volátil, más transaccional, más cínico y menos predecible. No es más peligroso por agresivo. Es más peligroso por desordenado.

Para Eurasia, 2026 no será el año del colapso. Será algo más incómodo: el año en que el desorden se vuelva normal. Cuando la inestabilidad se normaliza, la economía se vuelve más cara, más política y menos racional. Pero incluso en este paisaje desordenado, hay espacio para algo que suele subestimarse: la capacidad de adaptación.

La historia económica no es la historia de sistemas perfectos, es la historia de sociedades que aprenden —a golpes— a corregir excesos, reconstruir instituciones y reordenar prioridades. Las democracias se tensan, pero también se regeneran. Los mercados se distorsionan, pero también se ajustan. Los países, cuando entienden bien el riesgo, suelen encontrar márgenes de maniobra donde antes veían fatalismo.
*Delia Paredes Mier
Analista Económico.
Profesor
X: @deliyo
delia.paredesmi@anahuac.mx
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan la opinión del IMEF.

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