Desde su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ha convertido los aranceles en instrumento de política económica y negociación.
Tras el fracaso de las negociaciones con Ottawa, Washington recurrió a la Sección 338 de la Ley Arancelaria de 1930 para imponer gravámenes adicionales de 50% a unos 20 mil millones de dólares de productos canadienses, argumentando prácticas discriminatorias en lácteos, automóviles y bebidas alcohólicas.
Canadá respondió
el 8 de septiembre con tasas de 15, 25 y 50% sobre unos 20 mil millones de importaciones estadounidenses.
La confrontación no terminó ahí.
Ese mismo día Washington anunció nuevas medidas, incluidas prohibiciones a determinadas importaciones de bebidas alcohólicas y productos lácteos, que entrarán en vigor el 29 de septiembre.
La lógica inmediata es proteger a productores estadounidenses y obtener concesiones. Pero Canadá forma parte de una estructura productiva integrada durante décadas.
Ontario lo demuestra: en 2025 intercambió más de 336 mil millones de dólares en bienes con Estados Unidos; si fuera un país, sería su tercer socio comercial. Es, además, el principal cliente de 11 estados y el segundo de otros 15.
Su premier, Doug Ford, después de responder a Trump con un lenguaje nada diplomático, insistió en que ambos países deben trabajar juntos.
Esa reacción resume la contradicción canadiense: resistir las presiones de Washington sin destruir una relación económica que ambos necesitan.
El problema resulta más difícil de explicar frente a China.
En The Technological Republic,
Alex Karp y Nicholas Zamiska sostienen que Estados Unidos necesita recuperar capacidad tecnológica e industrial en sectores estratégicos: manufactura avanzada, inteligencia artificial, defensa e infraestructura.
Joe Ngai y Nick Leung plantean en The Next China Is Still China
que quienes esperan sustituir fácilmente a China subestiman la profundidad de su estructura productiva. El país representa alrededor de 30% de la manufactura mundial y conserva escala, infraestructura y cadenas de suministro difíciles de replicar.
Si Estados Unidos necesita fortalecer su base industrial para competir con China, debilitar sus cadenas productivas con Canadá y México parece contradictorio.
América del Norte reúne tecnología y capital estadounidenses, energía y minerales canadienses y capacidad manufacturera mexicana. El TMEC debería fortalecer esa plataforma, no fragmentarla.
Rusia representa otro desafío.
Conserva capacidad militar, nuclear y geopolítica para alterar el equilibrio internacional, pero su dimensión económica no la convierte en un competidor por la hegemonía global comparable con China.
México debe observar con cuidado lo que ocurre entre Washington y Ottawa.
Hasta ahora ha hecho bien en evitar una respuesta automática de arancel por arancel. Ante la revisión del TMEC, conviene negociar, preservar el acceso al mercado estadounidense y presentarse como un socio confiable.
El margen interno tampoco es amplio. Los requerimientos financieros del sector público fueron 5.8% del PIB en 2024, 4.3% en 2025 y Hacienda prevé 4.1% para 2026 y 3.9% para 2027. El costo financiero, las pensiones y los apoyos a Pemex mantienen presión sobre las cuentas públicas.
Recientemente, Bank of America pasó a infraponderar las acciones mexicanas en su estrategia para América Latina, citando menor actividad, incertidumbre por la revisión del TMEC y preocupaciones fiscales.
No implica una crisis fiscal inminente, pero sí menor margen frente a un choque comercial.
Canadá, mientras tanto, acelera su acercamiento a Europa.
Esta semana, Mark Carney defendió ante el Parlamento Europeo una relación más estrecha con la Unión Europea en minerales críticos, energía, inteligencia artificial y defensa. Diversificar reduce riesgos, pero difícilmente sustituirá en el corto plazo la integración productiva norteamericana.
Ahí está la paradoja: Estados Unidos quiere recuperar capacidad industrial para enfrentar a China, pero tensiona las cadenas productivas que comparte con Canadá y podría hacer lo mismo con México.
Para nuestro país, la respuesta no es replicar esa lógica, sino preservar la integración regional. Vista desde Canadá, la contradicción es aún más evidente: para competir con China, Estados Unidos necesita más integración norteamericana, no menos.
La paradoja: Estados Unidos quiere recuperar capacidad industrial para enfrentar a China, pero tensiona las cadenas productivas que comparte con Canadá y podría hacer lo mismo con México.
*Economista.
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