Equipos de alto rendimiento en época de incertidumbre. El cómo importa … y mucho

Este artículo no es una reflexión teórica, sino algo que estoy viviendo desde mi posición profesional. Construir un equipo de alto rendimiento nunca ha sido sencillo. Hacerlo hoy, en un contexto de mayor competencia, cambios tecnológicos acelerados y organizaciones que avanzan a un ritmo vertiginoso, es todavía más complejo. Pero complejidad no implica detenerse sino entender los retos y trabajar para aforntarlos.
Por Gabriela Millán Noble
Soy una persona orientada a la acción y los resultados. Me gusta avanzar rápido, ejecutar y corregir sobre la marcha. Durante mucho tiempo, cuando no veía movimiento en el equipo, mi reacción inmediata era acelerar, presionar, involucrarme más. Lo hacía pensando que así ayudaba a que las cosas sucedieran.

Pero me di cuenta de algo incómodo, presionar más no necesariamente hace que el equipo avance. A veces ocurre lo contrario. Las personas empiezan a correr en muchas direcciones, aumenta el estrés y hay mucha actividad, pero no necesariamente resultados.

Ahí entendí que el reto era más profundo. No se trata de lograr que todos corran a mi velocidad, sino de construir un sistema donde personas distintas puedan avanzar con claridad y responsabilidad hacia un mismo rumbo.

En un entorno incierto, nuestra reacción natural puede ser pedir velocidad: decidir más rápido, vender más, incorporar nuevas tecnologías y responder antes que la competencia. Pero, velocidad y agilidad no son lo mismo.

Un equipo puede moverse mucho y tener poca capacidad de adaptación. Puede llenar agendas y ejecutar innumerables actividades sin preguntarse si está haciendo lo que realmente genera valor.

Por ello, uno de los grandes desafíos del liderazgo es desarrollar capacidad adaptativa. Equipos capaces de entender que las condiciones cambiaron, cuestionar prácticas que antes funcionaban, aprender rápidamente y modificar su forma de actuar sin perder el rumbo. Y esto toca inevitablemente zonas de confort.

Durante un tiempo pensé que las diferencias que observaba en mi equipo podían explicarse por las distintas generaciones que conviven en él. Hoy no estoy tan segura. He encontrado jóvenes extraordinariamente abiertos al cambio y otros resistentes a él. Lo mismo ocurre con profesionales de enorme experiencia.

Hoy no solo estamos liderando varias generaciones, estamos liderando personas con distintos niveles de madurez, ambición, apertura al cambio y disposición para actuar. Eso hace el liderazgo más complejo, pero también más humano.

Y si además el equipo depende de los resultados de unas cuantas personas, tenemos una concentración de talento, no necesariamente capacidad organizacional. Un equipo de alto rendimiento debería generar resultados de manera consistente y no solamente destellos de excelencia.

FACILITAR, NO CONTROLAR
Ahí mi propia visión del liderazgo ha empezado a cambiar. Durante mucho tiempo entendí mi función como la de un motor: empujar, resolver, involucrarme, acelerar. Hoy entiendo cada vez más al líder como un facilitador.

Facilitar no significa reducir la exigencia ni hacer el trabajo por los demás. Significa crear las condiciones para que las personas puedan dar lo mejor de sí, definir con claridad hacia dónde vamos, establecer estándares, desarrollar capacidades, proporcionar herramientas y construir mecanismos de seguimiento que permitan que las cosas sucedan sin depender permanentemente del líder.

Porque si todo se detiene cuando el líder deja de empujar, lo que construimos no fue un equipo de alto rendimiento, sino un equipo dependiente de su líder.

En eso trabajo todos los días, en pasar de esfuerzos individuales a un sistema que genere consistencia, porque el talento puede producir resultados extraordinarios, pero la disciplina es la que permite sostenerlos.

Y en este proceso he encontrado otra tensión. Siempre he creído en el liderazgo inspiracional, un líder congruente entre lo que dice y hace, capaz de transmitir una visión y lograr que las personas quieran formar parte de ella. Pero también he aprendido que inspirar no es suficiente.

Hay personas que escuchan una idea, la hacen suya y actúan. Otras necesitan mayor acompañamiento o desarrollar capacidades. Y también existen quienes, aun teniendo claridad y herramientas, deciden no moverse.

La responsabilidad del líder es generar las condiciones, comunicar el rumbo, explicar por qué es necesario evolucionar, proporcionar herramientas, acompañar, desarrollar y dar retroalimentación. Pero existe una frontera, el líder puede abrir una puerta, pero no puede obligar a nadie a cruzarla.

Esto exige conversaciones difíciles. Un equipo de alto rendimiento no es aquel donde nunca existen desacuerdos, sino donde existe suficiente confianza para hablar del desempeño que no alcanza, de lo que se acordó y no se ejecutó, de las capacidades que deben desarrollarse y, cuando corresponde, definir consecuencias.

Confianza y exigencia no son opuestas: un equipo puede sentirse acompañado y saber que existen estándares que deben cumplirse.

DE LAS CONVESACIONES A LAS ACCIONES
Recuerdo a una joven de mi equipo que llegó iniciando su vida profesional. Al principio no dimensioné su potencial. Con el tiempo observé algo difícil de enseñar, curiosidad, disposición para aprender y, sobre todo, capacidad para convertir conversaciones en acciones.

Hablábamos de algo y ejecutaba. La invité a espacios de networking, comenzó observando y después desarrolló su propio estilo. Más adelante estudió una maestría en finanzas. Hoy puede sentarse frente a clientes sofisticados, presentar estrategias financieras y desarrollar relaciones de alto valor.

Me siento profundamente orgullosa de su evolución. Pude acompañarla, compartir experiencias y mostrarle posibilidades. Ella decidió qué hacer con ellas.

Ese aprendizaje cambió mi manera de entender el talento, el papel del líder no es fabricar versiones de sí mismo, sino ayudar a que otros descubran capacidades que todavía no saben que tienen.

Otra de mis áreas de aprendizaje ha sido el seguimiento. Cuando los resultados no llegan, éste puede convertirse fácilmente en persecución, preguntar más, revisar más, intervenir más. Paradójicamente, mientras más depende el seguimiento de la energía personal del líder, menos sostenible se vuelve.

Por eso trabajo en construir algo diferente, objetivos claros, metodologías replicables, responsabilidades definidas y rituales de seguimiento que permita identificar dónde existe avance y dónde no. No para controlar cada movimiento, sino para que cada persona sepa dónde está, qué se espera de ella y cuál es el siguiente paso.

He aprendido que visión sin seguimiento no cambia nada, pero seguimiento sin claridad desgasta. Entre ambos está la disciplina: convertir acuerdos en acciones y acciones en hábitos.

Quizá ahí radique una de las diferencias entre presión y alto desempeño, la presión necesita que alguien empuje permanentemente. El alto desempeño se construye con claridad, sistema y disciplina.

¿DISCIPLINA O CONTROL?
En épocas de incertidumbre existe la tentación de ofrecer certezas. Pero ningún líder puede hacerlo hoy. No sabemos cómo cambiará nuestra industria, qué tecnologías la transformarán o de dónde vendrá el próximo competidor.

Lo que sí podemos hacer es construir organizaciones con mayor capacidad para responder. Por eso, quizá la pregunta ya no sea únicamente cómo hacemos que nuestros equipos sean más eficientes, sino si ¿estamos construyendo equipos capaces de responder cuando las condiciones cambien?

Equipos que cuestionen, aprendan, conversen, decidan y ejecuten. Que no necesiten esperar instrucciones para cada movimiento. Donde el conocimiento no resida únicamente en unas cuantas personas y los resultados no dependan de actos heroicos.

Si pudiera conversar hoy con la líder que fui hace algunos años, le diría: trabaja más en el sistema y la diciplina y menos en el control. Confía más en tu equipo, pero sé absolutamente clara respecto de lo que esperas. Comunica una visión que otros quieran hacer suya. Ten las conversaciones difíciles antes, no después. Y entiende que no todas las personas avanzarán a tu velocidad ni de la misma manera.

En tiempos de incertidumbre, un equipo de alto rendimiento no es el que espera que el líder tenga todas las respuestas, sino el que comparte un rumbo, tiene disciplina para ejecutar, sabe adaptarse cuando las condiciones cambian y asume la responsabilidad de seguir avanzando.
Quizá la mejor evidencia de un liderazgo efectivo no sea cuánto avanza un equipo cuando el líder lo impulsa, sino cuánto es capaz de seguir creciendo, adaptándose y generando resultados cuando ya no necesita que alguien lo empuje.
*Presidenta Nacional de Membresía y Valor al Asociado del IMEF.
Directora Monex Metepec
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