¿Cuándo la incertidumbre deja de ser percepción y se vuelve economía?

Recientemente se publicaron los indicadores IMEF correspondientes a mayo. La conclusión inmediata parece obvia: la economía mexicana sigue mostrando señales de debilidad. Lo interesante no es determinar si existe desaceleración —los datos apuntan claramente en esa dirección— sino entender qué factores están contribuyendo a prolongarla.
Por Delia Paredes Mier
El IMEF Manufacturero cerró en 48.5 puntos, medio punto por debajo de abril, acumulando 26 meses consecutivos por debajo del umbral de expansión de 50 puntos. El indicador No Manufacturero se ubicó en 48.7 puntos. Dos termómetros. La misma fiebre.

En particular, vale la pena preguntarse qué papel están desempeñando las expectativas. ¿Son simplemente un reflejo de una economía que pierde dinamismo o están contribuyendo a amplificar la desaceleración?

La respuesta importa porque, en ciertos contextos, la confianza deja de ser únicamente una consecuencia del entorno económico y se convierte en parte del mecanismo que lo moldea.

Recientemente, Claudia Sahm, economista y exfuncionaria de la Reserva Federal, destacó que en periodos de elevada incertidumbre las expectativas pueden adquirir un peso propio. El argumento no implica que la confianza sustituya a los fundamentos económicos, sino que puede amplificar sus efectos. Cuando hogares y empresas anticipan condiciones menos favorables, tienden a posponer decisiones de consumo, contratación o inversión. Esa cautela colectiva puede terminar reforzando la desaceleración que inicialmente la provocó.

La idea tampoco es nueva. John Maynard Keynes utilizó el concepto de «espíritus animales» para describir cómo las decisiones económicas dependen no solo de cálculos financieros, sino también de percepciones sobre el futuro.

Sin embargo, el punto no es que las empresas dejen de actuar racionalmente. Más bien, cuando la incertidumbre aumenta, el valor de esperar también aumenta. Incluso proyectos rentables pueden posponerse mientras no exista claridad suficiente sobre las reglas del juego, la demanda futura o el entorno económico.

En México existen señales que apuntan en esa dirección. La Encuesta sobre las Expectativas de los Especialistas en Economía del Sector Privado de Banxico correspondiente a mayo muestra que únicamente 2% de los encuestados considera que actualmente es un buen momento para invertir.

Al mismo tiempo, la inversión fija bruta ha registrado dieciocho meses consecutivos de contracciones anuales. El componente de maquinaria y equipo acumula quince meses de caídas y registró una disminución anual de 9.1% en febrero (cifras desestacionalizadas). Por su parte, el PIB del primer trimestre de 2026 mostró una contracción trimestral de 0.6%.

Ninguno de estos datos demuestra por sí mismo que el deterioro de las expectativas sea la causa de la debilidad económica. La relación puede operar en ambos sentidos. Una economía que se desacelera naturalmente genera pesimismo, y ese pesimismo puede, a su vez, reforzar la desaceleración. Lo que sugieren los datos es la presencia de un círculo de retroalimentación negativa en el que actividad y confianza se deterioran simultáneamente.

Existe además una aparente contradicción que merece atención. Durante el primer trimestre de 2026 México registró un récord histórico de inversión extranjera directa por 23.6 mil millones de dólares, un incremento de 10.4% respecto al mismo periodo del año anterior.

A primera vista, el dato parecería incompatible con la narrativa de debilidad económica. Sin embargo, la composición del flujo cuenta una historia más matizada. Del total registrado, aproximadamente 22.2 mil millones de dólares correspondieron a reinversión de utilidades de empresas ya establecidas en el país, mientras que las nuevas inversiones representaron apenas 1.7 mil millones.

La reinversión de utilidades es una señal positiva. Implica que muchas empresas extranjeras continúan encontrando rentabilidad en México y deciden mantener recursos dentro del país. Pero también es cierto que la llegada de nuevos proyectos productivos permanece relativamente limitada frente a lo observado en otros periodos.

Esta diferencia ayuda a entender porqué la fortaleza de la IED no se ha traducido en un repunte visible de la inversión fija. Ambas variables miden fenómenos distintos. La IED refleja decisiones financieras y corporativas de empresas extranjeras; la inversión fija bruta mide la adquisición efectiva de maquinaria, equipo y construcción que amplían la capacidad productiva de la economía.

La divergencia entre ambas variables no demuestra que la incertidumbre sea la explicación única ni principal, pero sí sugiere que los flujos de capital no están generando todavía el impulso productivo que muchos anticipaban.

En este contexto, los indicadores IMEF adquieren relevancia adicional. Aunque no son indicadores de confianza empresarial en sentido estricto, sí capturan cómo las percepciones y las condiciones económicas terminan reflejándose en decisiones concretas de producción, empleo, pedidos e inventarios. Por ello constituyen una de las señales adelantadas más útiles para evaluar la trayectoria de la actividad económica.

Que el indicador no manufacturero haya disminuido apenas una décima en mayo podría interpretarse como una estabilización. Sin embargo, estabilizarse por debajo del umbral de expansión no equivale a recuperarse. Significa que la economía ha dejado de empeorar al mismo ritmo, pero no que haya encontrado todavía un motor de crecimiento.

El riesgo no es únicamente que estos indicadores permanezcan en niveles bajos. El riesgo es acostumbrarse a ellos. Asumir que una economía creciendo por debajo de su potencial, con inversión débil y expectativas deterioradas constituye simplemente la nueva normalidad.

Parte de las presiones provienen del exterior. La incertidumbre asociada a la revisión del TMEC, la desaceleración manufacturera de Estados Unidos y un entorno geopolítico cada vez más complejo han reducido la visibilidad sobre las decisiones de inversión de largo plazo.

Pero no todas las fuentes de incertidumbre se generan fuera del país. La claridad regulatoria, la certidumbre jurídica y la consistencia de la política económica siguen dependiendo fundamentalmente de decisiones internas.

Los indicadores IMEF no nos dicen exactamente por qué la economía está débil. Lo que sí muestran es que, después de más de dos años, la economía sigue sin encontrar un mecanismo capaz de devolverla a una trayectoria sostenida de expansión.
El termómetro continúa marcando fiebre. La tarea pendiente es identificar con precisión qué condiciones permitirían recuperar la confianza necesaria para transformar expectativas favorables en inversión, inversión en crecimiento y crecimiento en prosperidad.
*Analista Económico.
Profesor
X: @deliyo
delia.paredesmi@anahuac.mx
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan la opinión del IMEF.

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