La herencia fiscal de la pandemia es el aumento extraordinario del gasto en 2020, la combinación de mayores niveles de deuda, déficits que no regresaron a sus promedios previos y un costo de financiamiento estructuralmente más alto. El FMI estimó que la deuda pública mundial podría pasar de 94% del PIB en 2025 a 100% en 2029, presionada por necesidades sociales, defensa, seguridad energética y mayores pagos de intereses, ademas de la inversión en IA, cuya expansión sostiene parte del crecimiento, pero intensifica la competencia por el ahorro global.
La secuencia comenzó con déficits excepcionales. En Estados Unidos, el déficit federal alcanzó alrededor del 15% del PIB en 2020 y la deuda en manos del público saltó de 79% del PIB en 2019 a cerca de 98% en 2020. En la Unión Europea, el déficit agregado pasó de aproximadamente 0.5 a 6.7% del PIB; Francia e Italia registraron déficits cercanos a 9%, mientras Alemania y los países nórdicos partieron de posiciones más sólidas.
México evitó un estímulo comparable, pero los Requerimientos Financieros del Sector Público (RFSP) aumentaron de 2.3% del PIB en 2019 a alrededor de 4% en 2020 y el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público (SHRFSP) de 44.7% a poco más de 52%, en parte por la contracción económica.
CONDICIONANTES
El vínculo entre el deterioro fiscal y las tasas no es mecánico: los rendimientos de largo plazo incorporan expectativas de crecimiento e inflación, la trayectoria esperada de la política monetaria, la solvencia soberana, la liquidez del mercado y una prima por plazo. Sin embargo, cuando la recaudación y otros ingresos no cubren el gasto, los gobiernos deben emitir más bonos.
Para que el sector privado absorba una oferta creciente de deuda de larga duración, los emisores deben aceptar pagar tasas de interés mayores; si aumenta la incertidumbre sobre la capacidad política para corregir la trayectoria fiscal, se añade una prima de riesgo soberano.
El circuito puede retroalimentarse: déficits persistentes elevan la deuda; el mayor stock y las necesidades de refinanciamiento incrementan la oferta de bonos; los rendimientos más altos encarecen gradualmente el servicio de la deuda; y ese gasto por intereses amplía nuevamente el déficit. Esta dinámica se vuelve más relevante porque el sector público ya no compite solamente con la inversión privada tradicional.
CÁLCULOS Y FORMAS
El FMI calcula que la IA podría añadir hasta 0.5 puntos porcentuales al crecimiento mundial anual durante la próxima década, elevando la tasa media de 3 a 3.5%. En Estados Unidos, las grandes tecnológicas podrían destinar unos 650 mil millones de dólares a infraestructura de IA en 2026, mientras que algunos analistas estiman que la inversión vinculada con esta tecnología explicó cerca de una quinta parte del crecimiento real estadounidense del último año, con una contribución aproximada de 0.5 puntos porcentuales.
El impulso es considerable, pero su forma de financiamiento está cambiando. La construcción de centros de datos y la compra de semiconductores, servidores y equipos eléctricos se financiaron inicialmente, en buena medida, con el flujo de caja de las grandes tecnológicas. Ahora aumenta el recurso a emisiones de deuda y capital.
Al coincidir con déficits públicos persistentes, necesidades de defensa e infraestructura y refinanciamientos soberanos, esta demanda amplifica la competencia por capital y puede elevar la tasa libre de riesgo y el costo de financiamiento para gobiernos, empresas y hogares. Como señal de la amplitud del ajuste, alrededor del 84% de los valores de renta fija global ofrecía rendimientos superiores a 3%, frente a 12% en enero de 2022.
Estados Unidos concentra el mayor riesgo sistémico porque combina la profundidad del mercado de Treasuries con una trayectoria que no estabiliza la deuda. La CBO proyecta para 2026 un déficit federal de 1.9 billones de dólares, equivalente a 5.8% del PIB, y deuda en manos del público de 101% del PIB; hacia 2036, el déficit aumentaría a 6.7% y la deuda a 120%, impulsados por intereses, Seguridad Social y Medicare.
Fitch calcula, con una definición más amplia de gobierno general, déficits de 7.4% del PIB en 2026 y 2027, y deuda de 123% en 2028. El riesgo no es una súbita incapacidad de financiamiento, sino que absorber emisiones crecientes requiera un precio persistentemente mayor y eleve la curva de referencia para el resto del mundo.
PRESIÓN Y VULNERABILIDAD
La inversión en IA puede reforzar esa presión y, al mismo tiempo, convertirse en una fuente de vulnerabilidad. Algunas operaciones recientes sugieren que los inversionistas exigen compensaciones elevadas para financiar el sector. Asimismo, varias ofertas públicas iniciales vinculadas con el ecosistema tecnológico se han aplazado.
Si las ganancias de productividad o los retornos resultan inferiores a lo esperado, las empresas podrían recortar sus planes. Otros factores como cuellos de botella de infraestructura, ciberataques o una reacción política contra los centros de datos también podrían frenar la expansión.
Además, la respuesta contracíclica sería limitada. Con una inflación todavía superior a los objetivos de 2% en varias economías, los bancos centrales tendrían poco margen para recortar agresivamente sin poner en riesgo su credibilidad. Los gobiernos, ya condicionados por déficits elevados, tampoco podrían desplegar estímulos fiscales del tamaño observado durante la pandemia.
Si las rentabilidades esperadas de la IA no se materializan, parte de los flujos internacionales dirigidos a Estados Unidos podría revertirse, debilitando al dólar y elevando los rendimientos de los Treasuries. El FMI ya identifica una reducción gradual del peso del dólar en las reservas oficiales: 56.8% en el cuarto trimestre de 2025, frente a cerca de 72% en su máximo de 2001.
¿QUÉ PASA EN OTRAS REGIONES?
Europa reproduce el problema con distintos grados de vulnerabilidad. Francia combina déficit elevado y deuda ascendente, con poco margen político para consolidar; Italia mantiene el mayor stock, aunque una vida promedio larga retrasa el traslado de tasas más altas; y Reino Unido dispone de mercados profundos, pero soporta una carga de intereses elevada.
Alemania conserva mayor espacio, pero su giro fiscal también incrementará la oferta de activos seguros: el plan federal contempla un déficit de financiamiento de 182 mil millones de euros en 2026 y emisiones cercanas a 526 mil millones de euros, apoyadas por fondos especiales para infraestructura y defensa. Esta nueva oferta de Bunds eleva el costo base de financiamiento europeo.
México ocupa una posición intermedia: menor deuda que las economías avanzadas más presionadas, pero menor capacidad recaudatoria y tasas reales estructuralmente más altas. S&P cambió la perspectiva a negativa en mayo de 2026, manteniendo BBB en moneda extranjera. La agencia estima que el déficit de gobierno general pasó de un promedio de 2.7% del PIB en 2019-2023 a 5.2% en 2024 y 4.9% en 2025; proyecta 4.8% en 2026 y deuda bruta creciente de 54.6% del PIB en 2025 a 59.4% en 2029.
Los intereses absorben alrededor del 16% de los ingresos públicos, mientras que el apoyo a Pemex y CFE limita la flexibilidad. Cerca de 85% de la deuda se emite localmente en pesos y predominantemente a tasa fija, lo que reduce la exposición cambiaria y suaviza el traspaso inmediato; aun así, tasas globales altas y una prima soberana más amplia encarecen cada refinanciamiento.
EN PERSPECTIVA
La economía mundial depende cada vez más de dos motores intensivos en financiamiento: el gasto público y la inversión en IA. El primero sostiene la demanda, pero eleva la deuda; el segundo puede aumentar la productividad y el crecimiento potencial, aunque su escala, valuaciones y dependencia creciente del mercado de capitales generan riesgos. Con un gasto mundial en IA que podría superar 2.7 billones de dólares en 2026, la pregunta no es solo cuánto crecimiento producirá, sino si sus retornos justificarán el costo del capital movilizado.
La sostenibilidad fiscal dependerá menos de un umbral fijo de deuda y más de la credibilidad del ajuste, el crecimiento potencial, la madurez del portafolio y la capacidad de mantener el costo efectivo de la deuda por debajo del crecimiento nominal.
Para las empresas, el mismo principio implica conservar balances prudentes y liquidez suficiente, además de distinguir cuánto de su desempeño reciente proviene de mejoras genuinas de productividad y cuánto de la demanda, el financiamiento y las expectativas asociados al auge de la IA. Si ese ciclo se debilita, el ajuste podría extenderse rápidamente desde la tecnología hacia los mercados financieros, el consumo y las finanzas públicas.
El FMI calcula que la IA podría añadir hasta 0.5% al crecimiento mundial anual durante la próxima década, elevando la tasa media de 3 a 3.5%. En Estados Unidos, las grandes tecnológicas podrían destinar unos 650 mil millones de dólares a infraestructura de IA en 2026.
*Director y economista en jefe de Scotiabank México.
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